jueves, 11 de julio de 2019

El Último Arriero de Badolatosa

El Último Arriero de Badolatosa es un libro escrito y publicado por mí en el año 2017 en el que relato la vida de Manolillo "el Carrero".

Escribí el libro como homenaje al mundo de la arriería de Badolatosa.

jueves, 13 de junio de 2019

Cultura y Educación (Capitulo V)

No sé si existe la cultura del arte de soñar en un mundo más equitativo. Somos animales racionales si tenemos la barriga llena. Cuando el alimento no llega, las fuerzas flaquean y nos volvemos más agresivos e irracionales. No tenemos amigos y sacamos el animal que llevamos dentro. La cultura y la educación pasan a segundo plano. Ese es el mejor ejemplo para demostrar que con la barriga llena se piensa mejor y las cosas son muy diferentes. En este mundo hay mucha hambre, miseria, esclavitud. El hombre no debería ser olvidadizo. Pueblos civilizados con tal alto nivel cultural en el siglo XXI. No deberíamos sentirnos orgullosos si una parte de la humanidad pasa hambre. 2.800 millones de personas viven con menos de 2 dólares al día. 448 millones de niños sufren de bajo peso. 876 millones de adultos son analfabetos, de los cuales dos terceras partes son mujeres. Cada día, 30.000 niños menores  de cinco años mueren de enfermedades que podrían haber sido evitadas. Más de mil millones de personas no tienen acceso al agua potable. El 20% de la población mundial posee el 90% de las riquezas.

Hablar de cultura y educación es un mundo muy extenso e infinito. Los estudiosos, filósofos, intelectuales, ideólogos, antropólogos han estudiado las cosas y al ser humano desde que nace y su comportamiento a lo largo de su vida. Los seres humanos somos tan diferentes, cada uno tiene sus propios pensamientos y su forma de actuar en la vida. Sin generalizar y con la experiencia de los años vividos he conocido a personas con mucha preparación académica, otros con cargos importantes y una buena economía. Y su actitud y proceder con arrogancia, mirando a los demás por encima del hombro, ignorándolos y creyéndose superiores a los demás. Dejan que desear de su cultura, educación y respeto a los demás.

Las personas viven en países diferentes. Nacen en una capital, en un pueblo, en una casa rural, en la sierra. Las personas viven en unas familias de clase alta, media o baja. Las oportunidades no son iguales, ni su cultura ni sus relaciones, ni sus comportamientos. Todos tenemos los mismos derechos, pero las posibilidades cambian. La vida es una lotería, a unos les toca, otros pierden y otros nunca tuvieron la oportunidad de comprar el décimo.

Me he criado en una familia pobre y humilde, pero me siento orgulloso sin serlo. Mi padre y mi madre nos han transmitido sus valores y  nos han educado para ser honrados, trabajadores, humildes, cariñosos, respetuosos con las personas y las cosas, amar, compartir, valorar, soñar, luchar.  Han sido un ejemplo a seguir siempre y mis hermanos y yo queremos inculcar estos principios a sus nietos y a las generaciones venideras. Los principios de una sociedad que quiere vivir en paz. Es verdad que, por las circunstancias de la vida y por desgracia, tuvimos que abandonar el colegio y el mundo de ser niños. Eso también ayuda a valorar lo poco que tienes, a estar más unidos y a comprender que para conseguir algo tienes que ganártelo con tu esfuerzo. La vida no regala nada.

Mi forma de pensar, razonar y de ver la vida es conocer nuevos mundos, nuevas civilizaciones. Gente importante del mundo de las artes, etc. Es conocer también nuestro medio ambiente,  hacer un resumen de nosotros, los valores naturales, sociales y culturales existentes que tenemos. Que nos influye en la vida material y psicológica, en estos momentos, y en un futuro a las  generaciones venideras. Mi cultura es la convivencia de cada día. Aprendo escuchando, observando, valorando. Me gusta cambiar impresiones con buenos modales y educación. Los  saludos, cada mañana dando los buenos días. Me interesan las inquietudes, las nuevas ideas, las que hacen a los pueblos más cultos y desarrollados. Mi gran obra de arte es mi familia. En los momentos de ocio me gusta la ecología. La ciencia que se encarga del estudio y análisis de los ecosistemas. Contemplar desde la atalaya de la Sierra de la Cabrera los parajes naturales y su riqueza biológica. Disfrutar de las bellas panorámicas en el horizonte, situado en la cima del término de Badolatosa, mi tierra.

La cultura y la educación van cogidas de la mano, son dos buenas aliadas y amigas. La lectura es la mejor herramienta que tenemos al alcance de la mano para formarnos y ayudarnos en la vida a ser más cultos. Voy aprendiendo cada día de mis errores y mis faltas. Formándome y aprovechando esta oportunidad que la vida me ha dado para expresar mis pensamientos. Mi vocabulario es pobre igual que mi forma de escribir. Me expreso como lo siento. Llanamente sin utilizar palabras técnicas. Todas vienen en el diccionario, intentaré mejorar e ir corrigiéndome. Hace dos años escribí mi primer relato. Una obra dedicada a un vecino. Un homenaje al mundo de la arriería. Manolillo, “El Carrero” El último Arriero de Badolatosa. Lo hice con la ayuda de otras personas a las que estaré siempre agradecido.

La vida no quiere  prisas. Nosotros vamos acelerados. Todo tiene su día y su momento. Aprovecha el tuyo. Ser culto y educado con todo el mundo es la mejor fórmula para vivir en sociedad.
 
Juan Reyes

lunes, 10 de junio de 2019

Cultura y Educación (Capítulo IV)

Mis padres, con todo su dolor, nos tuvieron que sacar del colegio. No fue un capricho ni por lujos. Las necesidades de aquellos años para comer y vivir un poco más decentemente. Jamás los juzgué culpables. Eran años difíciles para la clase obrera. Estudiar y sacar una carrera quedaba para las familias acomodadas. Las consecuencias de las malas políticas de los gobernantes, que no se implicaban lo suficiente, y asumían una tasa tan baja en escolaridad, un analfabetismo de un sesenta por ciento hacen un pueblo inculto. Una buena base en educación y cultura contribuye a formar y crear una sociedad libre y culta.

Hablar de cultura es muy fácil. La palabra cultura tiene un significado muy extenso. Conjunto de conocimientos e ideas no especializadas adquiridos gracias al desarrollo de las facultades intelectuales, mediante la lectura, el estudio y el trabajo. Incluye el arte, las creencias, la ley, la moral, las costumbres y todos los hábitos y habilidades adquiridos por el hombre. Es de origen latino cultus que significa “cultivo”. A su vez deriva de la palabra latina colere. La cultura, en la lengua latina, entre los romanos, tenía el sentido de la agricultura, y se refería al cultivo de la tierra para la producción.

En los parajes naturales de Badolatosa, junto a la orilla del río Genil, mi familia aprovechaba las tierras más fértiles para el cultivo de la huerta. Me imagino que mis ancestros vivirían en chozas. Construidas por ellos mismos, levantando unas paredes a media altura de arcilla y un entramado de palos con cañas y varetas de olivo. Un refugio para resguardarse de las inclemencias del tiempo. En esa misma ribera, mi abuelo tenía su casa: sus paredes de tierra prensada, piedras y ladrillos viejos, enlucidas con una capa de yeso grueso. Una cocina comedor con la chimenea y el suelo empedrado. La segunda planta, la cámara, donde dormían todos juntos. Su cubierta fabricada con un entramado de vigas, cañas y tejas árabes. Bajo ese techo y esas paredes se crió mi padre junto a su familia. Comiendo de lo que daba la huerta. Tan humildes que de niños no tenían zapatos y sólo una vestimenta, que cuando se la quitaban para lavarla, esperaban  desnudos por no tener otra muda. 

Para mi familia su cultura era labrar la tierra de la huerta. El sol y el agua que levantaba la noria para regar sus hortalizas y frutales. Ellos, sin saber leer ni escribir, conocían y se valían de lo que escucharon de sus ancestros que eran gente sabía. Se guiaban por las lunas y las estaciones del año. Recoger las mejores semillas y guardarlas para la sementera. Preparar la tierra para la siembra. Cada hortaliza tiene una época para replantar. La fecha de la poda. Qué horas eran las mejores para regar las plantas. Aprovechaban todos los recursos naturales que tenían en su entorno. Del soto cortaban las cañas para guiar los tomates. Las hojas de la misma planta o la enea las utilizaban para amarrar las  lechugas, la escarola. Del río, la pesca, de la sierra y el monte conocían cada rincón. Poner las trampas para la caza. Dónde se criaban las mejores esparragueras, trigueras, serreñas, morunas. Las matas de las alcaparras, almendros, las collejas, el cardillo, la verdolaga, el esparto, las plantas medicinales, las aromáticas. Una cultura de supervivencia. Ir viviendo cada día del fruto de la tierra donde nacieron. Su educación consistía en el respeto a los mayores como un privilegio. Apreciar y valorar lo poco que tenían. No era mucho, otras familias tenían menos. La honradez estaba presente, la familia unida. Los amigos eran de verdad. Una educación que se trasmitía de padres a hijos. Pobres y humildes sin lujos. En un  rincón de nuestra Andalucía, donde la marginación de los pueblos estaba presente. Con tan poco hablan de sus recuerdos con alegría. Los juegos en el soto, los baños en el río, las historias orales que su padre les contaba al lado de la lumbre en los días de lluvia. ¡Para ser felices no necesitarían tanto! Un ropero lleno de vestidos, zapatos, los que no te pones, muebles llenos de tonterías… Cuentan que pasaron muchas necesidades. Que los rábanos y las papas quitaron muchas hambres. Que las hortalizas no cubrían tantas carencias en la casa y con ayuda de los jornales de la siega, las temporadas de las cosechas de la aceituna fueron pasando los años. Se hacían mayores y querían emprender una nueva vida, la suya. 

Mi padre formó su familia, no sabía escribir ni leer. Nunca pisó la escuela. Pero firmaba con su nombre y su primer apellido. Su rúbrica identificaba a un hombre que no tenía estudios. Unas letras grandes, desordenadas y unidas con el mismo trazo. Mi madre me sorprendía. Estuvo en el colegio de paso y aprendió a leer y no a escribir. Al igual que mi padre imprime su firma con los mismos trazos en todos los documentos que lo requieren, como he comentado anteriormente. Nos educó como a él lo educó su padre. Unos principios de respeto a las personas mayores y a los demás. Saber convivir con la gente. Valorar lo que se tiene. Dar gracias por lo que recibimos.  No querer apropiarte de lo ajeno. No ser envidioso ni vanidoso. La familia lo primero. Ayudar y echar una mano siempre. Tener ética y moral. Ser uno mismo. Saber estar en tu puesto de trabajo. No dejarme llevar por otros caminos que no llevan a ninguna parte. Una lista que no terminaría nunca. 

El primer libro que tuvimos en casa de mis padres fue el libro de familia numerosa. Un libro donde se fueron llenando las páginas al irse registrando en el juzgado de paz de Badolatosa cada uno de mis hermanos.  En casa teníamos una cómoda de madera con cinco cajones que compró como dote cuando se casaron. En el primer cajón empezando por la parte de arriba guardaban todos los papeles que teníamos en el hogar. El libro de familia numerosa, la cartilla de la seguridad social donde justificaba el nombre de cada uno para tener derecho a una sanidad pública y gratuita. Los recibos de las cotizaciones del régimen agrario que cada mes pagaba. Las facturas de este mueble que en realidad eran unos papeles donde ponía me deben y entrega. Unas quinientas pesetas para pagarlas en plazos durante un año al carpintero artesano que se la elaboró. Las facturas de la primera bicicleta, un lujo en aquellos años. Todos no disponían de ese medio de locomoción. Para pagarla en dos años cómodamente por el valor de 700 pesetas. Las facturas de la lavadora. Mi madre les recordaba a sus vecinas con alegría el detalle de su marido. El mejor regalo material que mi padre le hizo a mi madre en toda su vida. Los recibos del alquiler de la casa donde vivimos en la barriada San José Obrero. Algunas nominas  de las jornadas que mi padre trabajaba en las empresas de la construcción. Ese cajón contenía toda la lectura gramática, la más importante de mi familia, bajo llave. Sin contar las hojas de periódicos que embalaban algunos productos que se compraban. La lata de leche condesada “La Lechera”, los envoltorios de las pastillas de jabón “Heno de Pravia” o la caja de gaseosa “El Tigre”. Con mucho esfuerzo fueron llegando los  cuadernillos y las cartillas.  Con la Ley General de Educación Básica de 1970 llegan los libros de texto y las fichas individuales de cada asignatura. Lengua o lenguaje, Matemáticas, Ciencias, Física y Química, Naturaleza y Sociedad, Catecismo. Fueron pasando los años y los libros pasaban de unas manos a otras. ¡Seis hermanos! Mirando por ellos, forrando las pastas. Perder la mala costumbre de subrayar algunos apuntes y doblar las hojas.  A veces nos lo cambiábamos con otras familias para sacar el máximo rendimiento. 

Una tarde pasaron por casa unos vendedores de libros. Vendían un Diccionario enciclopédico Larousse, 10 volúmenes  de la Real Academia Española y siete tomos de la Librería Editorial Argos de los años 1968 a 1971. Primeras ediciones. Títulos de volúmenes: 1º Dime por qué, 2º Dime qué es, 3º Dime dónde está, 4º Dime cómo funciona, 5º Dime cuéntame, 6º Dime quién es, 7º Dime cuál será mi profesión. Mi padre nos consultó sobre cual nos ayudaría mejor para estudiar. Las dos ediciones eran interesantes. La enciclopedia la tendríamos. Hay para consultar cualquier duda, el significado de todas las palabras y su contenido. Pero de mutuo acuerdo, todos los que podíamos opinar coincidimos en  adquirir los siete tomos de Argos. Las  preguntas que tantas veces nos hemos hecho las podíamos obtener con las ilustraciones en color y las respuestas para niños y mayores. Tres mil quinientas preguntas con sus respuestas. Un mundo apasionante que fue positivo y aprovechamos. Han pasado cuarenta y ocho años y los conservamos en recuerdo de los primeros libros que entraron en casa. 

La cultura de las bellas artes se compone y divide en muchas ramas. Todas son interesantes y nos ayudan a sentirnos más libres. Nos aportan algo a cada uno en un momento de ocio, en nuestras vidas nos ayudan a sentirnos más felices, a relajarnos, a disfrutar de  un mundo donde la imaginación no tiene fronteras.
¡Cuántas emociones con una obra de teatro de Federico García Lorca cómo “Bodas de Sangre”!
¡Cuántas reflexiones con la escultura de Auguste Rodin, “El Pensador”….!
¡Quien no se ha relajado con la música de Leo Rodas con la flauta de pan, “El Cóndor pasa”….!
¡Cuántas carcajadas con los Hermanos Marx en el cine con la película “El Camarote”.!
¡Quien no ha leído los relatos poéticos de Juan Ramón Jiménez “Platero y Yo”.!
¡Cuántos hemos  soñado perdernos por la arquitectura Andalusí en La Mezquita de Córdoba o La Alhambra de Granada….!
¡Cuántos ojos han admirado las pinturas de los cuadros de Velázquez, Murillo, Julio Romero de Torres…!
¡Quien no ha movido los pies y ha sentido correr por su cuerpo un cosquilleo viendo la danza flamenca. Ese golpeo de pies o taconeo. Una explosión emocional de pasión en un cuerpo de bailaor/a, inspirado en la música y el baile flamenco. Como Joaquín Cortés o Carmen Amaya! 

miércoles, 5 de junio de 2019

DÍA MUNDIAL DEL MEDIO AMBIENTE

Hoy, cinco de junio, celebramos el Día Mundial del Medio Ambiente. Vivimos en un mundo donde consumir es la primera necesidad para ser feliz. Sin pararnos a pensar que, con el consumismo, nuestro planeta lo estamos enfermando y debilitando. Una realidad que los científicos anuncian. Malos tiempos pronostican para la Tierra. Donde vivimos todos los seres vivos. Me gustaría que reflexionáramos solo cinco minutos de los 1440 que tiene el día. Hay muchas formas de ser feliz, sin destruir la naturaleza. Nuestros antepasados disfrutaban con ver un amanecer tumbados en un suelo de hierba fresca. Sentados al anochecer en una roca mirando las estrellas y atizando el fuego junto a la hoguera. Una piel cubría su cuerpo y una cueva su refugio. Queremos rodearnos de tantas cosas que la felicidad no la encontramos. Tener, poseer, adquirir lo último del mercado, cueste lo que cueste. Estamos perdidos, ciegos, por la obsesión de yo más que tú. De todos depende que, en nuestro Mundo, triunfe la vida. Inyectemos una dosis de esperanza, de ilusión, de amor. Olvidemos que ser feliz no es poseer. La verdadera razón de la vida es amar a las personas y a las cosas. Nuestro mundo necesita que lo quieran como un ser vivo que es.
 







Fotos propiedad de J. Reyes

martes, 28 de mayo de 2019

Cultura y Educación (Capítulo III)

Mi paso por el  colegio fue un aprendizaje obligatorio. Todos teníamos el derecho a una educación pública y gratuita. Enseñarme a escribir, leer y aprender lo más esencial en la vida. Tener una formación con un objetivo: Integrarme  en la vida para vivir en sociedad como personas, y con suerte, ser el día de mañana una persona preparada y culta. El analfabetismo estaba al día. La poca cultura por desconocimiento o por motivos económicos… Cada año fui avanzando de curso. De primero a segundo, donde repetí. Fue positivo y me ayudó a ser más fuerte y comprender que hay que aprovechar las oportunidades que la vida nos da, valorarse a uno mismo y sacar fuerzas, voluntad me sobraba. Ese curso tuve las mejores notas de toda la clase. 

Cada año intentaba aplicarme en las materias de: Lectura, Escritura, Naturaleza y Vida Social; era la más apasionante y de mayor interés para mí; Educación Cívico-Social; disfrutaba con conocer las relaciones de los hombres entre sí y con su medio; la geografía, la economía, las políticas… En las Matemáticas la base fundamental, la aritmética, creo que lo llevaba bien. El álgebra con los números, letras y signos no tanto. Los conocimientos de geometría con los puntos, rectas, polígonos, poliedros, triángulos, teorema de Pitágoras, etc... intentaba aprender y entenderlo. La nota no pasaba de un seis. En la asignatura de Lengua Española siempre quise enriquecer mi vocabulario tanto la oral o hablada como  la escrita o gráfica. El diccionario lo usaba para cualquier duda. Pero siempre hay un pero en cada tema y te pierdes. La edad o el desconocimiento a ese mundo de la Gramática con las partes fundamentales: Sintaxis, Morfología, Semántica, Fonología. Interés me sobraba, pero en los exámenes de seis no pasaba. Formación Religiosa, el catecismo nos enseñó a rezar el padre nuestro, los mandamientos e inculcar la doctrina y la moral católica. Lo que no puedo olvidar en el mes de mayo, con toda la calor, nos metían en una clase a todos los niños juntos para cantar el Ave María. Educación Artística, disfrutaba con el dibujo y los trabajos manuales.  

Los idiomas no eran obligatorios por aquellos años, pero en el curso de quinto dimos Inglés. Era una cosa nueva para nosotros y no le prestábamos mucha atención. La maestra se entregaba y ponía interés, pero nuestro comportamiento no fue el correcto o la poca cultura de un pueblo con pocas aspiraciones a otras lenguas. Pocas palabras aprendimos y a la pobre señorita la teníamos aburrida. Reconozco que nos merecíamos un castigo con toda la razón. Si lo tenía claro que en Educación Física ponía más interés, el deporte me apasionaba, el atletismo y el fútbol era lo mío.  

Mi paso por el colegio fue muy corto por motivos económicos. Éramos ocho de familia y en casa solo entraba el sueldo de mi padre y no todos los días. La libreta en la tienda aumentaba. “Apúntame, mañana te pagaré. Mi marido está parado.” Esas libretas tienen su historia. La de un pueblo pobre y envuelto en la miseria. En la panadería, en la tienda de comestibles, la dita.  El ditero recorría todo el pueblo con la cesta al hombro vendiendo telas y prendas de vestir, con su lápiz en la oreja y su libreta. Ahora comprendo a esas personas que tenían un negocio, una pequeña tienda para vender y sacar su sueldo. La intención en sus manos la dejo porque en aquellos años de números y cuentas estaban perdidos por ser la mayoría incultos. Pero el reconocimiento de las hambres que quitaron, apuntando y ya me pagarás más adelante, merece un agradecimiento.

Al cumplir los diez años mi padre me sacó de la escuela para trabajar en el campo. La primera experiencia nunca la olvidaré. Cruzamos la frontera de España para Francia. Un niño emigrante que empezaba la vida de jornalero sin nomina, trabajando en la recolección de la habichuela, los tomates, las manzanas... desde el mes de mayo hasta primeros de noviembre. Un capítulo de mi vida que algún día contaré: mi experiencia de emigrante en Francia.  Un curso que no pude terminar, ni empezar el siguiente. Los motivos: ayudar a la familia a salir adelante para subsistir. Las maletas estaban preparadas para la siguiente temporada del algodón. Camino de nuevo a otro cortijo donde  vivíamos mi familia, apilados en un cuartillo de unos doce metros, ocho personas. Los días de trabajo no se sabían porque todo dependía del  tiempo meteorológico y la cuadrilla que nos juntábamos para la recolección del algodonero. Estábamos en el mes de diciembre y mi padre preparando un nuevo tajo para la cosecha de las aceitunas, donde viviríamos otro capítulo más en las mismas condiciones y circunstancias. 

El tema de esta historia es la cultura y la educación de un pueblo que quería sobrevivir al precio que fuera, sacrificando a sus hijos antes de ser mayores de edad. Fueron pasando los años y el colegio era lo que menos pisaba. Terminé 5ºcurso y en 6º recuerdo que asistí unos tres meses. La vida te va cambiando y te crees que eres un hombrecillo. Ilusión e interés  por aprender tenía pero el tiempo pasaba y los cursos siempre atrasados. Perder tantas horas de clase no me ayudaba a conseguir lo que yo pretendía: una buena educación, una buena formación para el futuro. Estuve dando clases particulares para recuperar lo atrasado. No era fácil recuperar tantas horas perdidas de estudiar.  Igual  que las que perdí de jugar en el recreo con mis amigos porque jugando también se aprende a ser más niño. Por aquellos años podía obtener uno de estos dos títulos: Graduado Escolar, cuando superabas con éxito los objetivos de los ocho cursos de la EGB. Permitía continuar los estudios de Bachillerato o de Formación Profesional. Yo me conformé con el Certificado de Escolaridad que acreditaba haber cursado los ocho años de Enseñanza General Básica. De los cuales falté la mitad.

jueves, 2 de mayo de 2019

Cultura y Educación (Capítulo II)


Estaba en parvulitos y era mi primer año. Recuerdo como explicaba la señorita las primeras letras empezando con las vocales. Poco a poco, en el cuadernillo de rayitas y puntitos con el lápiz, sin control ni pulso, vamos subrayando con trazos grandes y sin precisión. A, e, i, o, u. Paso a paso, aprendimos a unir vocales y consonantes hasta formar sílabas. Solo nos quedaba unirlas y formar las primeras palabras: anillo, mamá, elefante, etc. Todo era muy difícil en este mundo del aprendizaje cuando tienes cinco años. Vamos memorizando todas las letras del abecedario y vamos juntándolas para formar las palabras. Con los vocablos y dibujos en el libro de texto entramos en el mundo de la lectura. La maestra cogía el libro de Álvarez de primer grado y nos leía algunos textos de fábulas y cuentos y todos nos quedábamos con la boca abierta, metidos en ese mundo de la fantasía con personajes de animales o otros seres personificados.
Para colorear los dibujos no disponíamos de lápices de color. Bueno, no todos. Esa caja de cartón alargada “El Pino” donde en su interior contenía seis o doce lápices de todos los colores. Siempre pidiendo prestado a los compañeros o a la señorita, que disponía para estos casos de material.
Recuerdo algunas anécdotas en parvulitos. Los pupitres eran de madera y viejos. Las cabezas de las puntillas sobresalían de las tablas y a veces nos enganchábamos. Yo tuve la mala suerte de ser una víctima de ese percance. Mis pantalones cortos se engancharon y se convirtieron en una falda. Mis amigos lo disfrutaron, se reían a sus anchas, pero yo lo pase muy mal. Agache la cabeza y, avergonzado, ¡qué día más largo! Otra vez aguantando las ganas de hacer caca, para hacerlo en casa, pero el tiempo pasaba y la cosa se puso muy fea. Cuando me di cuenta estaba cagado encima. Yo lo ocultaba para que nada se notará. Era cosa mía. La mierda no se veía, pero para eso estaba el olfato y los compañeros me delataron. Olía a mierda y estaba muy cerca. Tan cerca que yo la tenía debajo. Lo dejo en puntos suspensivos... el mal trago que pasé desde el colegio hasta llegar a casa en la Calleja con las piernas medio abiertas y cagado hasta las trancas.
La señorita a la hora de tomar el desayuno, sentada en su sillón, tranquila abría un cajón de su mesa. En su interior guardaba una bolsa que contenía su desayuno. Acostumbraba a comer fruta. Sacaba una naranja y un cuchillo para pelarla y retirar la cascara. Se quedaba mirando a toda la clase y ponía cara de asesina con el cuchillo en la mano y el brazo en alto. “El que se mueva, hable o parpadee me levanto y le corto la lengua”. Remedio santo. Todos mudos, inmóviles, no nos mirábamos hasta que la señorita terminaba el último gajo. La clase era todo suspense, asustados y con pánico. Esa señorita no se andaba por las ramas. Cuidadito, la lengua estaba en sus manos con ese cuchillo afilado y esa cara de asesina.
Como olvidar algunos momentos que viví en parvulitos mi primera experiencia en el mundo de la educación.

martes, 30 de abril de 2019

Cultura y Educación (Capítulo I)


Un día más voy con prisas, por la mañana temprano, camino del colegio acompañado de mis hermanos. En la mano el cuadernillo de caligrafía, un lápiz de carboncillo y una goma de borrar. No recuerdo de llevar sacapuntas ni carpeta. En el patio del colegio nos colocamos en fila como vamos llegando. A las nueve en punto nos alineamos con el brazo extendido para guardar la distancia igual que en el ejército, para izar la bandera y cantar “El cara al sol”. Terminado este acto cada uno a su clase. Las niñas por un lado y los niños por otro. Por aquellos años los colegios eran mixtos. La educación era obligatoria hasta los catorce años. De nueve de la mañana a la una del medio día y por las tardes de tres a cinco. Los castigos eran una cosa normal, con motivo o sin él, por un descuido de no estar atento a la lección, por no tener buen comportamiento o no hacer los deberes, tienes que copiar cien veces “no hablaré en clase”. El maestro con la regla de madera te obligaba a estirar los brazos y las palmas de las manos hacia arriba, te daba lo que él pensaba que te merecías. Si las quitabas por el miedo al golpe te merecías el doble, de ti dependía como asumías el castigo que él creía que te merecías. De rodillas o con los brazos en cruz y los libros en cada mano, de cara a la pared, al cuartillo oscuro. La disciplina estaba presente y los castigos al día. En mi paso por el colegio aparte de mandarme copiar algunas veces “No hablaré en clase” y otros castigos, recuerdo de darme unos tortazos, al menos tres veces. El primero, sin justificación ninguna, creo que ese azote no me lo merecía. ¿Qué culpa tenía si el pupitre estaba roto y se terminó de romper al sentarme? Un golpe en el suelo y otro en la cabeza con la mano del maestro por no tener cuidado. El segundo por gracioso, al mandarme por unas tijeras para unos trabajos manuales en segundo curso. Tuve la idea de decir “con estas tijeras le voy a cortar las patillas al maestro”. Él estaba detrás de mí, yo no me di cuenta, pero sentí como su mano me pegaba con ganas en la cabeza por graciosillo. El tercer tortazo me lo merecí muy justamente, creo que me lo gané. Estaba en cuarto curso y en la hora del recreo jugaba con un amigo. Le di una broma muy pesada y el profesor me dijo que le pidiera perdón. Yo, como siempre con mis ocurrencias, lo perdoné y dejé caer otra frase “¡te perdono hasta mañana!”.
La disciplina por aquellos años era muy estricta y los profesores no dejaban pasar nada. No olvidaré cuando mi padre le dijo al maestro: “Antonio, yo quiero que tú eduques a mi hijo bien y si le hace falta un tortazo se lo das, después me lo dices que en casa lo arreglaré yo”.
Una buena educación es fundamental, el respeto a las personas, a las cosas, a ser más cultos para saber convivir en sociedad. Los padres y desde el colegio tienen la obligación y el deber de luchar juntos, apoyándose mutuamente, con el fin de conseguir un mundo de valores, ética y moral, inculcándolo desde que nacemos. Aquellos años no los olvidaremos pero se respetaba a los mayores como es ley de vida. Hoy parece que se va perdiendo y dar los buenos días no es costumbre. 
Es un pensamiento subjetivo.

ENTRE RECUERDOS

  ENTRE RECUERDOS El 9 de febrero de 1927 amanecía en las huertas de “La Manga”. El sol asomaba tímidamente por los cerros de J...