ENTRE RECUERDOS
El 9 de febrero de 1927 amanecía en las huertas de “La Manga”. El sol asomaba tímidamente por los cerros de Jauja, los gallos anunciaban el día con su canto, y los perros ladraban al ver a la comadrona descender con paso apresurado por el callejón de las huertas. Mi abuela Epifanía estaba de parto.
Ese día, entre almendros en flor y frutales dormidos esperando la primavera, nació un niño hermoso. En las huertas, las hortalizas de invierno lucían un verde oscuro, llenas de vida. Los plantones aguardaban que pasara el día de San José, temiendo las últimas heladas, para ser sembrados. A ese niño lo llamaron Juan. Era mi padre, y llegó a este mundo en tiempos difíciles, de pobreza y miseria.
Entre recuerdos, mi padre nos relataba su infancia y adolescencia. Nos contaba cómo andaba descalzo por la huerta, bebía agua fresca de la reguera y bajaba al soto, donde observaba fascinado a las nutrias jugar en la orilla. Recordaba la magia de la noria del río Genil: los cangilones de madera subían el agua, que se desbordaba y caía en cascadas, formando una cortina de gotas que, al ser iluminadas por el sol, brillaban como diminutos cristales. Ese hechizo se rompía al ver el agua precipitarse en la acequia, corriendo con prisa reguera abajo para dar vida a las plantas y sustento a los hortelanos.
Mi padre hablaba con emoción de los jilgueros y verderones trinando en las ramas del granado, las golondrinas entrando y saliendo del cobertizo, y las gallinas removiendo la tierra con sus polluelos. Era primavera, y la vida brotaba por todas partes.
Nos describía las tardes sentado en el poyete del rellano de la casa, bajo la vieja parra, junto a sus hermanos, primos y la abuela Epifanía. El abuelo Manuel, al que llamaban “El Poeta” y que yo nunca conocí, les narraba historias y recitaba versos de los grandes poetas de la Generación del 27.
Las noches de verano eran diferentes: a veces dormía a cielo raso, bajo un manto de estrellas. Despertaba con los primeros rayos del sol atravesando las ramas de la higuera, donde las brevas frescas y dulces lo invitaban a un amanecer lleno de sabor y frescura.
La vida en las huertas de La Manga era sencilla, pero llena de riqueza natural. Allí, los zagales se bañaban en el río rodeado de álamos blancos, mimbreras y olmos. Las playitas de arena fina eran testigos de sus risas frescas y juveniles, mientras las aves del bosque de ribera se silenciaban para escuchar aquella alegría contagiosa.
Eran tiempos de escasez, pero también de felicidad. Se vivía del trabajo duro y del ingenio, abonando la tierra con estiércol de los burros, mientras la noria giraba sin descanso. Las casas se encalaban con cal viva y la vida se rodeaba de animales para el sustento de la familia: la burra, las cabras, las gallinas, los conejos y los cerdos, que esperaban el día de San Martín para la matanza. Los tomates se conservaban cuidadosamente, y la compota de membrillo era un dulce tesoro.
Mi familia, a la que llamaban “Los Poetas”, era humilde y trabajadora. Con esfuerzo, mis abuelos cavaron las tierras arenosas de la ribera de las huertas La Manga y El Remolino, dejando un legado de lucha y amor por la vida. Esa generación dio ocho hijos; hoy solo quedamos los nietos, bisnietos y tataranietos.
El 14 de Enero de 2025, se cumplen diez años desde que mi padre nos dejó.
SIEMPRE ESTARÁS EN NUESTROS CORAZONES, PORQUE TU ALEGRÍA PERDURARÁ EN CADA UNO DE NOSOTROS
De paso por la vida
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