martes, 19 de enero de 2021

Los gigantes del río

Los gigantes del río crecieron en la margen izquierda de la orilla junto a la ribera del soto y las huertas. En el silencio de la noche se escuchaba el gorgoteo de la fuerza de las aguas golpeando en las piedras y las ramas de la arboleda. La luna los acunaba y la noria volteaba las aguas del Genil. Los postigos de los patios de la calle principal cada mañana los abrían sus vecinos dando los buenos días. Estos gigantes del río no eran inventados de un cuento, ni dioses de la mitología griega. Una alameda de eucaliptos, formada por más de sesenta, mal colocados como soldados que perdieron la guerra. La alameda de eucaliptos, los que vieron nacer y crecer a tantos badolatoseños. Los niños del pueblo de varias generaciones han jugado a los escondites, las carreras... los saltos y resbalones en el suelo con las semillas o balines, que caían de sus ramas, los que utilizaban para lanzarlos con un tubo de caña de cerbatana. Los partidos de fútbol, los regateos, por medio de los viejos troncos y las apuestas a ver quien subía más alto de sus ramas.

Los gigantes del río sobresalían por los tejados de las casas de tres plantas, los troncos robustos y fuertes, brazos enormes sus ramas. Sus copas, cuando el viento soplaba, se balanceaban igual que las olas del mar enfurecidas. El crujir de sus ramajes parecía las maderas de un barco a punto de desgajar. Los muchachones enamorados, con navajas afiladas o trozos cortantes, en sus cortezas las clavaban y grababan sus nombres, enmarcándolos con un corazón, testigo de un gran amor. Los gorriones entraban y salían a la alameda con su gorjeo y cortejo, peleando por los viejos nidos. Cuando la tarde se echaba y el sol se perdía por el horizonte, en la orilla, se posaban tranquilos para beber. Los gigantes del río los esperaban, como cada noche, para darles cobijo. Los hortelanos, los más madrugadores, llegaban de las huertas con la carga de hortalizas y frutas de la temporada. En la plaza de abastos del pueblo colocaban su mercancía en sus puestos, y a los animales los amarraban en la alameda de eucaliptos. Entre burros y burras era un rebuznar, tirando los tejos y protestando: “¡Yo la vi primero!”. Los que no estaban castrados sacaban los dientes y su arma más letal… Antes de que entrara el verano el herrero y el esquilador se pasaban por la alameda de los gigantes del río con sus herramientas preparadas en un canastillo. Un tronco cortado, a un metro de altura, lo tenían preparado con el yunque, donde martilleaban con el mazo de hierro, una y otra vez, para enderezar las herraduras. Los mulos, caballos y los borriquillos en fila, todos con el cabestro bien sujeto, para dejarlos en perfecto estado, de herraje y pelaje. Los dueños de los animales y paisanos se arremolinaban hablando todos a la vez y todos entendedores de los oficios. Un pueblo que miraba y contemplaba las alturas de sus crestas, juntándose con el cielo, acariciando la brisa. Sus sombras alargadas adulaban las aguas del río Genil. Las malvas, los cardos borriqueros, las margaritas... crecían con fuerza bajo el sombreado, buscando los rayos del sol. Los esparteros colocaban sus caballetes y su rueda de hilar, la que no paraba de dar vueltas y los hilos se trenzaban, formando una cuerda tan larga como la sombra de los gigantes del río. En los días antes de feria, los del circo montaban su carpa bajo su ramaje, aprovechado cada palmo del espacio de los eucaliptos. Los zagalones, en las noches que proyectaban una película en el cine de verano, se subían en sus ramas para no pagar la entrada. Con las posturas incómodas y las hojas por medio empezaba el Nodo. Esta noche verían El Gordo y El Flaco. Las parejas aprovechaban la noche y se perdían en la oscuridad. La alameda de eucaliptos era una oportunidad para robar unos besos, unas caricias y acalorados dejarse llevar por la locura. Unos gigantes que vieron las aguas del Genil, de color chocolate, desbordarse en más de una ocasión, cubriendo sus troncos y regando las calles de la villa; sus ramas blancas de las grandes nevadas, los años lluviosos y secos… Unos gigantes que vivieron las penas y las alegrías de un pueblo, un pueblo humilde y trabajador; buscándose la vida con la agricultura, la ganadería, el esparto, la alcaparra, la leña de sus montes, de su río, la pesca… Unas tierras rodeadas de agua y siempre... pobres.

Una cultura de espaldas a su río. Llegó el progreso y una mañana temprano los gorriones revoloteaban con miedo. Estaban anunciando una tragedia. Hombres con hachas, hocinos, motosierras… Sus caras no eran de alegría. La tristeza se reflejaba en sus rostros, unos trabajadores mandados a derribar los gigantes del río. Unas manos sin cabeza y las herramientas bien afiladas. Fueron cayendo uno a uno, empezando por sus copas. Las ramas mutiladas caían al suelo. Los troncos como una torre se desplomaban a trozos, la savia corría y se desangraban.

Los gigantes del río tenían vida. Los de las sombras alargadas, los que daban cobijo a tantas aves, los que vieron nacer y morir a sus lugareños, al escuchar doblar las campanas.



En las ferias, las varillas de los cohetes les caían, el ruido de los cacharritos, la música de las orquestas…

El progreso los había condenado a muerte, por el hacha afilada. Todo el pueblo los miraba derrumbarse, los nudos en la garganta y las lágrimas se escapaban.

Una parte de nuestra historia la estábamos masacrando, y todos nos sentíamos culpables. La enramada quemada, la madera vendida y las raíces se quedaron bajo tierra. Las raíces de los gigantes del río, hoy cubiertas de losas de terrazo y el asfalto del Paseo Pablo Iglesias.

De paso por la vida.


domingo, 3 de mayo de 2020

Mi madre, tan cerca y tan lejos

Mi madre, tan cerca y tan lejos. Sentada a mi lado. ¿El abuelo dónde está? Hace rato que no lo veo. Hace diez minutos me preguntó lo mismo. Hace veinte minutos le dije: El abuelo va para seis años que nos dejó. Cada día que pasa vamos perdiéndola.  Ella, inocente, vive en su mundo. Un mundo que la trastorna. Su rostro pensativo, la mirada perdida, lo vive,  lo siente y las lágrimas resbalan por sus mejillas. Cada vez más cerca del pasado, el presente no existe. En su demencia, tan cerca y tan lejos. Vive rodeada de sus recuerdos: sus niños, nosotros, su madre, su marido, nuestro padre, la casa de la Calleja donde nació y se crió, donde vivimos la niñez, la adolescencia... 

De nuevo me pregunta,  ¿Cuando nos vamos a la casa? Atrapada su mente en el pasado. Los años no perdonan y de nuevo es una niña, con un camino hecho. Mi madre, la que tanto luchó por nosotros, sus hijos.

Hoy va olvidando los nombres, las fechas, los nietos y bisnietos que tiene. Hoy necesita ayuda para moverse. Precisa mucho amor y cariño, mucha paciencia.... recordarle cada momento, que tiene una familia a su lado.  Ella que nos dio la vida: sus abrazos, su ternura, su vida, sin pedir nada. ¿Es bueno tener hijos para saber cuánto se quieren? Ella nunca se olvidó de rezar cada noche a su Dios, pidiendo para cada uno de nosotros, que no nos falte salud, un trabajo para vivir dignamente. Ella hablaba de compartir las riquezas en el mundo, de amor, de no ser rencorosos, ambiciosos, vanidosos...dar las gracias por todo, vivir en paz y saber pedir perdón....

Mi madre, con su demencia, no quiere escuchar hablar de la muerte, siempre tiene la misma respuesta. Hay tiempo para morir. Ella se encuentra bien. A su "salud"... le sobran los años. Cada día su compañera, su demencia, va ganándole la partida. ¿Cuándo es más feliz? Hablándole del pasado. Le cambia la cara.  Saca una sonrisa apagada y le llega al alma. Los recuerdos de su niñez,  esos no se los roban nadie.  Su amiga "La Negrilla" no la olvida. Amiga de las travesuras en las ferias, tirando los potros de las puertas de la calle, las carreras en el Callejón... ¿Cómo decirle que nos ha dejado hace unos días  por culpa del Coronavirus? Tantos momentos atrapados en su mente. Cuánto nos queda que aprender de la vida y no está escrito en los libros. De nuevo volvemos a ser niños. Unos niños que necesitamos ser queridos, como fuimos nosotros por ellos.

Mi madre tan cerca y tan lejos, camino de los 93 años.

Felicidades Mamá.

De paso por la vida.

sábado, 25 de abril de 2020

Día de San Marcos

Cada 25 de abril en la festividad de San Marcos, los vecinos del pueblo lo celebraban desplazándose a los parajes de nuestro entorno. Cargados con los arreos de cocina en una cesta de enea o esparto. No faltaba el dornillo de barro y la machacadera de madera para preparar una buena porra.

Con pan duro del día anterior aceite, sal, vinagre, unos dientes de ajo, tomates, pimientos y unas yemas de huevo duro. Todo troceado en el dornillo y una buena muñeca para mover la machacadera y amasar bien la guarnición. Hay que dejar una masa sin grumos y a punto. Se acompaña picando naranja, atún, huevo duro, tomate, cebolla, pimiento verde. Este plato todo lo admite, bien troceado y al gusto de cada uno o la costumbre.

Sentados en la sombra de los olivos, rodeando el dornillo las familias. Con una navaja cortaban unas varitas del olivo para elaborar unos pinchos con gracia. Venga sopas de porra  haciendo un caminito con las gotas que caen. Unos para adelante, otros para atrás hasta rebañar la última sopa de porra.

Este día por la tarde, no podían faltar los hornazos como merienda. Los hacían en la panadería con la masa del pan y un huevo fresco. Se hace una base con la masa. En el centro se coloca el huevo y con la misma masa unas cuerdecitas para abrazarlo. Metido en el horno para su cocción y listo para comer.

El hornazo y la tradición de amarrar los Jaramagos. Echando un nudo y al mismo tiempo se decía: “Marco, marcado, el demonio está atado y a la hora de mi muerte que no se suelte.”.

Han pasado muchos años y la tradición se va perdiendo, como tantas cosas de la vida. Todavía se ven los Jaramagos con el nudo echado y los hornazos hechos como esta mañana en el mostrador de la  tienda dónde he comprado el pan.

Feliz San Marcos, que no se pierda la ilusión y la festividad.

miércoles, 22 de abril de 2020

El Camino de los Huertos

En La Molina nace un camino carretero, un camino vecinal. La tierra y los chinos se aprietan del paso de los carros, las yuntas, de los arrieros con sus borricos, de los hombres y mujeres a pie. Lleno de baches y piedras sueltas. En invierno, charcos profundos y las huellas atrapadas en el barro. En verano, el polvo suelto y seco de las arcillas se levanta.  

El camino de Los Huertos paralelo y guardando la distancia al río Genil. En la margen de su orilla, bajando la primera cuesta, una sombra de álamos blancos y olmos nos reciben.

En el arroyo "La Madre Vieja", bajo sus zarzas, pasan las aguas tímidas y trasparentes cruzando el camino. Un talud de cantos rodados, unas pitas, miran y miran con disimulo para ver quien pasa. Las aguas del río bajan tranquilas. Saludan y siguen su paso.

Camino fraguado paso a paso, día a día, con frío y lluvia, con calor y la boca seca. Los hombres y mujeres con alpargatas de esparto, detrás de los carros tirados por mulos y el hatillo a las espaldas. Las matas de alcaparras cuelgan en la cuneta sus ristras de flores, capullitos y alcaparrones. Los olivos llenos de vida, con su mejor color primaveral. Huertos en la frescura del río, a la sombra de los mimbres y los cañaverales. Laderas de viñedos: viejas sepas olvidadas, retorcidas y secas sobresalen entre los pastizales. Alamedas de eucaliptos, refugio y parada de aves, buscando la presa. Las plantas silvestres de monte bajo salen al paso. Las retamas estrelladas, la manzanilla mala, la escabiosa.....

El viejo camino de Los Huertos cortado por arroyos. La Madre Vieja, Las Viñas, Povedano, el arroyo  Pedro. Ribera de huertas en tiempos pasados. El Remolino, la Isla del Cura. Regadas por las aguas del Genil, levantadas por sus norias.

Un camino carretero y vecinal donde van saliendo brazos. Los parajes de La Borrega,  cerros de margas blancas, cubiertos de olivos. Las Cabrerizas, donde el monte bajo cobija su fauna y flora natural. La cuesta del Estercolero nos lleva a La Isla del Charco, llena de vida.

Un camino cargado de historia que muere en el paraje La Isla del Cura. 

Un pueblo que ha vivido y vive cada día, disfrutando de la belleza de nuestro entorno. Paseando y escuchando el canto de las aves del bosque de galería. Cubierto de álamos blancos, sauces, mimbreras, eucaliptos, olmos. Cada primavera los colores verdes, los ocres en otoño. ..

Camino de Los Huertos, un camino paralelo al río y guardando la distancia...

De paso por la vida.

lunes, 6 de abril de 2020

La Bicicleta

Dormida, inmóvil y en silencio. La bicicleta de mí padre cuelga del techo. Parece que quiere arrancar el vuelo, flotando en el espacio, sin nubes ni viento. Amarrada con cadenas, perdiendo su libertad. Tiene un sueño. Ser libre, acariciar con sus ruedas el suelo. Llenar las llantas de barro. Pedalear sin descanso. Sentir el aire de la mañana recorriendo los parajes del entorno. Pasa el tiempo y cuelga del techo, la bicicleta de mí padre. Prendida y llena de polvo, nada de grasa, nada de nada. Habla con su amiga la araña, la única que la escucha. Una compañera acróbata, sin miedo a las alturas. Con su telaraña se sentía segura. La bicicleta le cuenta su vida, una y otra vez a la araña. 

  • Soy una vieja BH del 1956. Cuando me compraron, pocas bicicletas había en el pueblo. Se contaban con los dedos de las manos. La vida era muy tranquila y el tiempo parecía detenerse. La gente se desplazaba andando, en burros o en carros. Ver un coche o un autobús era extraño. Las calles sin aceras, ni asfaltadas. ...yo fui una privilegiada, en casa de un jornalero. Viajábamos de tajo en tajo a trabajar. Subidas y bajadas. Todo eran cuestas y curvas y más curvas. Coger una recta era difícil. Pedaleando por carreteras y  caminos llenos de piedras sueltas y baches. Con lluvia, con frío y calor. Buscándose la vida. En el maletero colocaba el cerón de esparto. Metía las herramientas del trabajo y el hatillo con la comida de la jornada. Eran años difíciles, pero salimos adelante. Yo era joven, presumida y bonita, buena pintura y cubiertas nuevas. Como siempre mis desplazamientos a trabajar, pocos paseos por regocijo. Nacieron sus hijos, creciendo deprisa, todos queriendo aprender a subir, a andar conmigo. Llegaron los golpes, las caídas, las averías. Poco a poco fui perdiendo la pintura, los bollos, los frenos rotos, las cubiertas deterioradas y la grasa no la veía.  

  • Fueron años duros y bonitos. Ver crecer sus hijos y yo, la protagonista. Pasaban los años, llegaron las motocicletas y los coches. Todo fue cambiando, desplazarse al trabajo se hizo más cómodo y seguro. Lo más importante era ganar tiempo.  Llegaron las prisas y ser el primero era una satisfacción. Pasé a segundo plano y mi abandono.

  • Aparcada y olvidada en las cuadras de la casa de la Chacha Pepa.  
Hoy, la vieja bicicleta BH, del año 1956, cuelga del techo. Como recuerdo de su labor y de más de sesenta años de nuestras vidas.

De paso por la vida. 


miércoles, 18 de marzo de 2020

ABRAZOS Y BESOS


De paso por la vida quiere llegar a todos los hogares del  mundo repartiendo abrazos y besos. Los que vamos a necesitar y perder por la situación que estamos viviendo con la epidemia del Coronavirus. Nos encontramos de nuevo con otra pandemia mundial. España se encuentra en alerta máxima por los casos de contagio. A lo largo de la historia hemos vivido muchas epidemias.


La Gripe Española: Una enfermedad producida por un virus en 1918 y 1919. Dejó entre 50 y 100 millones de muertes en todo el mundo. Las víctimas eran personas saludables y jóvenes, de entre 20 y 40 años.

El Cólera: Según la OMS, ha habido varias pandemias de cólera. Actualmente está teniendo lugar la séptima. Comenzó en el sur de Asia en 1968. Cada año hay en el mundo entre 1,3 y 4 millones de casos y mueren entre 21.000 y 143.000 personas.

La Peste Negra: La epidemia más mortífera. En 1348 una enfermedad terrible y desconocida se propagó por Europa. En pocos años sembró la muerte y la destrucción por todo el continente, sin distinguir entre ricos y pobres.

La Lepra o Enfermedad de Hansen. Se sabe que afecta a la Humanidad desde hace al menos 4000 años. Existe en la actualidad en 115 países, según la OMS.

La olvidada Gripe Asiática de 1957 que puso a prueba el sistema sanitario mundial con un millón de muertos.

Gripe de Hong Kong. En 1968 con un millón de muertes.

El SIDA: Comenzó en los años 80 y hasta finales de 2018 van 32 millones de muertos…

La Viruela: Esta epidemia fue constante a lo largo de la historia. El número exacto de muertos se estima en millones.

El Ébola: Año 2014-2016. El virus, como tal, fue descubierto en 1976. Unos 28.000 contagiados y 11.000 muertos en África.

La Gripe Porcina: 2009-2010. Murieron, según datos de la OMS, 18.000 afectados.

El sarampión, la rubeola, la varicela y tantas epidemias de virus que los seres humanos vamos padeciendo y transmitiendo de generación en generación. El año 2020 será una fecha que el mundo recordará por el CORONAVIRUS. A partir del 14 de marzo de 2020 el Gobierno de España declara: Que el territorio español está en estado de alarma, por tanto, queda en confinamiento. Esto quiere decir que sin una justificación, ya sea necesidad médica o motivo laboral, no se podrá salir a la vía pública. Una alarma nacional, una pandemia Mundial, una pesadilla para todos, con costes de vidas y económicos. Muchos se quedarán en el camino por culpa de un virus. Uno más, de tantos o creado por el hombre. El hombre que se cree superior a todo, con los ojos cerrados. Deberíamos pensar y razonar que no somos nada a la hora de la verdad. Olvidamos que todo está formado por células, la unidad fundamental de la vida, y cada célula está formada por moléculas. Los virus son la entidad biológica más abundante de la Tierra. Son parasitarios y sólo pueden reproducirse en las células vivas de otros organismos. Con esto quiero decir que por muy grandes que nos creamos o consideremos que somos. La vida está formada por células procariotas (arqueas y bacterias) y células eucariotas. Una cosa que para verla hay que manejar potentes microscopios. El mundo es muy grande a los ojos de todos. La realidad es otra. La que no vemos ni apreciamos. Tenemos una venda en los ojos y solo queremos ver lo que nos interesa. Deberíamos aprender y sacar provecho de estas situaciones que se nos presentan en la vida. Los seres humanos no valoramos lo que tenemos hasta que nos falta. Los abrazos y los besos que nos vamos a perder. Los de algunos no volverán, por desgracia. Este virus parece ser muy caprichoso y prefiere a las personas mayores y debilitadas, será que como es un parásito se encuentra mejor en los cuerpos bajos de defensas.


Nos queda un largo camino que recorrer. Entre todos será más fácil, si cada uno de nosotros colaboramos con los consejos que nos dan los profesionales de Sanidad y Salud. Hay que cumplirlos y llevarlos a cabo. Ese es el camino, no hay otro. Ayudemos a ganar la batalla a este virus, el Coronavirus, Covid-19. Quedándonos en casa los días que sean precisos. No nos amontonemos queriendo comprar todo y siendo egoístas, pensando en nosotros mismos.


De paso por la vida quiere entrar en vuestras casas. Dando ánimos, los que vamos a necesitar y aconsejando no perder el tiempo: La lectura, la escritura, la música, la pintura…son buenas herramientas y amigas. Os ayudarán a pasar las horas aprendiendo. Cuantas cosas pendientes por falta de tiempo las vamos dejando para mañana. Ahora, es el momento de quitarnos los quehaceres domésticos, de un día para otro. Es el momento de valorar cada momento que vivimos, de querernos más, de rodearnos de la familia y disfrutar de ella. 

Los abrazos y los besos que vamos a perder. Esos gestos de amor y cariño, que tanto añoramos cuando no los tenemos, por circunstancias de la vida. Necesitamos una vacuna para curarnos del virus más destructor para los seres humanos. Una vacuna para detener y frenar el egoísmo: la arrogancia, el odio, la avaricia, las envidias, el poder. Deseo que los virus más peligrosos que el ser humano contraiga nos llenen de amor, paz y felicidad


De paso por la vida os anima a no perder la esperanza y a ganar la batalla. Nos queda mucho que aprender, para saber valorar lo que vamos a perder. Los abrazos y los besos de los que nos dejarán.


De paso por la vida.

jueves, 5 de marzo de 2020

OTRO DÍA MÁS

Estaba amaneciendo y los rayos del sol entraban por mi ventana, llenando todo el comedor de alegría. Los gorriones saltando y picoteando unos trozos de pan de ayer. Los gallos de mi vecina, desde las siete, están cantando para recordarnos cada día que vivimos en medio del campo. Mi marido es madrugador, y lo primero que hace es ir al horno por el pan recién hecho. ¡Qué hambre me entra! Ver esos bollos calentitos en la panera diciendo: ¿Qué estas esperando? Es una pena y la tentación es más grande que mi voluntad. Qué más da un kilillo de más y mi marido me dice que tengo el peso justo. Entre mis manos ese bollo tan tierno, abierto y el aceite de oliva cayendo de la aceitera, acompañado de ese primer café con leche para espabilarme. ¡Mañana empezaré la dieta para adelgazar! Comienza otro día más, otro día más de la semana, y todos parecen lo mismo, una rutina diaria, llevar la casa y los hijos para adelante, que no es una tontería. En la cuna, mi princesa dormida, es una hermosura que Dios me ha dado. Los hijos desde que nacen te cambian la vida, muchas horas de sueño perdidas y siempre intranquila, cuando tienen fiebre, con los dientes, estreñidos, penosos… Pero es una bendición crear una familia. 

Mi granuja es un hombrecillo, va para cinco años. ¡Manolillo despierta, que ya es la hora! A las nueve en punto toca la sirena y tenemos que estar en la puerta del colegio.  ¡Manolillo, vamos granuja! Así media hora. Ponte la camiseta, el chándal verde y las zapatillas de deporte, que hoy toca educación física. Al final, como siempre lo tengo que vestir yo, para que pego tantas voces y no adelanto nada. Mi  princesa, con las voces, se ha despertado. ¡Manolillo, chiquillo, tómate la leche que la tienes en la mesa!, que no te pase como todos los días que te la bebes fría. Otro cuarto de hora con la lechecita. Qué paciencia me ha dado Dios. 

Mi princesa no puede esperar, la pobre, de toda la noche, tiene el pañal que no le cabe más pipí. Hay que cambiarla, vestirla, darle el biberón y que no llore, porque no encuentro el chupe. ¿Todavía igual? ¡Qué harta me tienes Manolillo, tan calmoso como tu padre! Con el carrito, el niño y la mochila preparada, vamos con la hora tasada, como todos los días. Qué tranquila me quedo cuando lo dejo en el colegio y a mi princesa en la guardería. ¡Me da una pena! pero los fines de semana me acuerdo de que no hay. Me saludo con mis amigas, hablamos de los críos, un poco de todo, unos diez minutos para salir corriendo. 

Las faenas me están esperando y tengo una lista muy larga, como todos los días. Lo primero recoger la ropa sucia y meterla en la lavadora para ir ganando tiempo. Hacer las camas, ordenar la ropa, pasar el cepillo de barrer y recoger las pelusillas y polvillo que parece que nacen. Fregar los cacharros de cocina y dejar cada cosa en su sitio. Lavar la ropa de la princesita a mano para que se quede mejor. Pasar la fregona al suelo de toda la casa. Recoger la habitación de los juguetes que parece un vertedero, todo por medio. Voy a tender la ropa limpia y, de nuevo, poner otra lavadora. Para el mediodía no se qué vamos a comer en el almuerzo.  Como tengo mucho pan duro voy a preparar una porra o salmorejo, así aprovecho el pan que la vida está muy mala con solo un sueldo para cuatro. La nevera está muy pobre y triste. Voy a tener que  ir al supermercado y abastecerla. Dinero para tonterías, las precisas, pero para comer, con alegría, es lo único que tenemos. En casa no compramos jamones  de cinco jotas pero alguno que otro serrano buenecito no nos falta. Ahora tengo que arreglarme y pintarme un poquito. No me hace falta, una que es muy presumida como todas las mujeres. Parece que todas nos hemos puesto de acuerdo esta mañana para hacer las compras y el supermercado está  lleno. Con las prisas que tengo y me quedan la mitad de las faenas, y los críos hay que recogerlos a las dos en punto. 
Mi granuja cuando sale y no me ve le cambia la cara, una cara que pone de tristeza que me rompe el alma.  A mi princesa, tan chiquita, le sale una sonrisa que le coge de oreja a oreja. ¡Qué bonita es! Lo que se parece a su madre. De nuevo corriendo para la casa, a terminar de picar lo que falta, acabar la porra y poner la mesa, que  mi marido come con nosotros y llega con el tiempo justo. Comer y de nuevo al tajo para acabar la jornada. Recogeré la mesa, le daré el biberón y le cambiaré el pañal a mi princesa. Intentaré que Manolillo y la chicuela duerman la siesta, para aprovechar la tarde que se quedará corta. ¡Cuántos cacharros en la cocina y estamos tres gatos! Como siempre tengo todas las papeletas para fregar y dejarlo todo en su sitio. 

Los maridos son todos muy buenos, en lo suyo. Para ayudar en las tareas domésticas tienen poca voluntad. Como no los mandes, poco apoyo tenemos. Ellos son y no son culpables, depende de las circunstancias de cada uno y la enseñanza que sus padres le dieron. Mi madre decía que los machos al campo y las hembras a la casa. Mis hermanos nunca cogieron un cepillo ni una fregona. Era una cosa normal, no nos preocupábamos de si ayudaban en el hogar. Hoy es muy diferente. Poco a poco vamos consiguiendo que las tareas domésticas y de los hijos se repartan en la pareja, como debe de ser. La cosa va muy despacio y siempre se vuelca la carga para el mismo lado y nosotras somos el soporte. A las nuevas generaciones las educaremos y le trasmitiremos la cultura de que entre hombres y mujeres, a la hora de compartir el trabajo y el hogar, no hay diferencia. Las noticias hablan de las mujeres maltratadas. Para ser maltratada no es necesario sufrir daño físico. Las mujeres somos esclavas psicológicamente toda la vida y sin derechos. No se reconoce la labor que cada día desarrollamos. 

Voy a seguir con mi cositas, que hablando no me cunde y, al final, la tarde se me va. Voy a tender la segunda colada de ropa limpia y recoger la primera. Mi Manolillo es un desastre. Parece una fregona y va recogiendo toda la suciedad del suelo y comiendo, no tiene cuidado. Con los dos críos, lavar y planchar es casi todos los días. La plancha tiene guasa. Es lo que menos me gusta de las labores. ¿Qué voy hacer? Si me quejo, el problema no lo arreglo. A planchar. La merienda de los niños, que la siesta se acaba, vamos con la misma rutina de todas las tardes. Para beberse un vaso de leche con galletas o fruta, este granuja, ¡qué sofocones me mete! Menos mal que mi chicuela es una bendición. No marea para nada y siempre preparada para todo. ¡Qué arte y qué gracia, como su madre! Todavía me queda limpiar el cuarto de baño de arriba y ordenar la ropa de los granujas y no he parado. Qué poco dura lo limpio, con el trabajito que cuesta, y cuando llega la noche, miras a tu alrededor y parece que no has hecho nada. Una semanita les daba a estos hombres, que hablan de que las mujeres vivimos tranquilas llevando la casa. Seguro que se tiran de los pelos y lloran por irse a trabajar. A ver, ¿qué preparo para cenar esta noche? No sales de una y tienes otra preparada. Creo que vamos a cenar un revuelto de huevos con papas y cebolla y unos filetillos de lomo. Al niño le prepararé una tortilla francesa, que se la come muy bien, y con mi princesa no tengo problema. Un potito de ternera con verduras. Parece pronto para picar las papas y las cebollas. Daré una vuelta por el parque con los niños que los pobres están aburridos y yo me despejo un poco también, que nos dé el aire. 

Una hora de sosiego para, de nuevo, entrar en casa y seguir metida en la cocina, preparando la cena. Mi marido se hace cargo de los niños, que es una ayuda muy buena. Los baña, les pone los pijamas y los entretiene. Es el único momento del día que puede estar con ellos. Cuando estamos comiendo hablamos de lo nuestro, las cosillas del día y del trabajo. El sueldo no lo suben y todos los años dicen lo mismo, el año que viene. Estamos arreglados con estos empresarios, solo quieren que rindas mucho y todo les parece  poco, pero al final de mes, la misma nómina. Manolito esta noche ha comido muy bien y mi princesa también. 

Después de un día de cole, juegos, carreras y saltos se le están cerrando los ojitos al granuja. Su padre, con todo su amor, le dice: Vamos, Manolito, para tu cama que es la hora de dormir, pero primero te contaré el cuento de…. 

La vida real del 95% de las mujeres. Si están casadas, con hijos y trabajando lo tienen peor. Llevar una  casa es una lucha y todos los días son iguales o parecidos. Lo que no hacen por falta de tiempo o cansancio, lo tienen  para mañana. Un trabajo no reconocido, no valorado, no está pagado y el  90% de los hombres no saben reconocerlo. Nunca es tarde y todos deberíamos echar una mano. No como obligación, ni por cumplir, si no como un derecho. Los hijos y llevar una casa corresponde a los dos, al vivir bajo el mismo techo.
 
He contado la vida diaria de una mujer trabajadora, con un poco de humor, por decir algo. Son muchas cosas las que se me quedarán en el tintero porque no he hablado de hacer una limpieza a fondo en la casa.  Con esto, quiero que los hombres nos pongamos en su lugar, sólo por un día y valoremos el trabajo que realizan sin pedir nada.

De paso por la vida.  

ENTRE RECUERDOS

  ENTRE RECUERDOS El 9 de febrero de 1927 amanecía en las huertas de “La Manga”. El sol asomaba tímidamente por los cerros de J...