jueves, 28 de julio de 2022

UN AÑO DESPUÉS

Va para un año que dejé el blog cerrado sin motivos. Tengo cosas escritas y guardadas esperando no se qué. Pero el tiempo corre y sin darnos cuenta van ocurriendo acontecimientos y la vida se nos va. Una cosa tengo clara que nos vamos haciendo mayores todos a la vez. En todo este tiempo trascurrido hemos vivido muchas cosas buenas y otras no tanto, nos guste o nos deje de gustar, el destino está escrito, la vida es así, lo dejaremos a mano de la suerte o esa ruleta que premia y ahoga sin cuerda. Escribir para mí es igual que para un pescador coger una buena pieza. Soy feliz con un lápiz en la mano y dictar lo que mi corazón me dice. Son muchas horas dedicadas sin pedir nada a cambio. Lo más importante es llegar a los corazones de los lectores, que disfruten de la lectura y se motiven a seguir leyendo. Quiero recordar que mi vida no fueron las letras, con diez años dejé el colegio para trabajar de adulto en el campo. Cosa que tengo pendiente y no lo olvido. Dicen que los amigos son para echar una mano, y en mi caso tengo esa ayuda de corregirme algunos errores, cómo los buenos escritores echan mano a las editoriales. De paso por la vida sigue en la misma línea, narrando historias reales y orales, redactando la vida de nuestro entorno y luchando por un mundo más justo para los humildes. Recordar a los poderosos que ellos nacieron desnudos como todos. Vivimos en un mundo muy injusto y las riquezas de la Tierra mal repartidas. El egoísmo, el poder, la arrogancia, y tantos adjetivos que nos faltarían folios. Vivimos de la ilusión y la mía es ver un mundo donde todos vivamos en paz y dignamente. Todos debemos arrimar el hombro para luchar por nuestro planeta, un planeta llamado Tierra y no hay otro igual al día de hoy. Todos somos culpables y cada uno a su manera. Unos explotando este mundo y otros queriendo comprar abusivamente sin ser una necesidad. Los muertos por epidemias; los muertos por las guerras, los muertos de hambre, los muertos por el cambio climático, los muertos por los incendios, las inundaciones,…no aprendemos rodeados de muerte y los hospitales con las camas llenas. ¿No, no queremos escuchar y cerramos los ojos a una realidad al día de hoy? Todo no es negativo y hay personas que entregan un tiempo de su vida por los demás, trabajando desinteresadamente colaborando en asociaciones, recursos humanos… y aquellos que con su aportación a las ONG salvan vidas… De paso por la vida

jueves, 5 de agosto de 2021

La Feria (2ª parte)


El recorrido por los cacharritos de feria había terminado esta noche. Cogidos de las manos de mi padre y mi madre entramos en el paseo para ver la caseta municipal. Dos centinelas  custodian la entrada con la ropa de la policía local, serios y con las entradas en la mano. Para pasar hay que pagar, de lo contrario media vuelta o mirar desde afuera por encima del cañizo. El fotógrafo del pueblo, Carlos, se encuentra en un lado con su tradicional caballo de cartón. Un caballo muy grande y pintado de color, forma parte de la feria, como otra atracción más. La familia que disponía de un dinerillo y quería guardar un recuerdo de la feria, vestían a los niños con atuendos de flamenco y ellas de gitana. Los montaba en la jaca, y con su máquina de caballete, disparaba un fogonazo e inmortalizaba para toda la vida ese momento. Muchos vecinos guardan una fotografía montados a lomos del famoso caballo de cartón.
Continuábamos nuestro recorrido bajo el alumbrado, las banderitas y farolillos. La feria está a rebosar, todos dando vueltas y los bares medio vacíos. Las casetas del turrón tienen más aceptación y hacemos nuestra primera parada, nuestro primer gasto familiar. Unos trocitos de turrón del duro, unas bolsitas de garrapiñadas, y unos trozos de coco recién cortado. Vamos felices pegando bocados y saboreándolo sin prisas, cuando se acabe a lo mejor no pillamos nada más.
La tómbola tiene bulla todos quieren comprar un boleto para ver si son agraciados con un buen premio. ¡Una muñeca Chochona o un perrito piloto!  Utensilios para la cocina, peluches, balones, la bicicleta para el niño, etc. En el suelo no caben más boletos tirados sin premio. Éste es un buen negocio, todos participan y ellos nunca pierden. 


Hay un señor que lleva un gallo de corral en la mano, está tan vivo como él. En la otra, una baraja de cartas, con mucho arte y mucha cara va recorriendo todo el recinto ferial, de mesa en mesa, por los bares, en la caseta municipal, al que pasa por su lado, a todo el mundo quiere venderle una carta de la baraja y siempre le quedaban las últimas. Cuando terminaba, otro gallo de corral ocupaba su lugar y de nuevo con la misma cantinela. ¡Me quedan las últimas!
La caseta de tiro me llamaba la atención. Unos muchachos con los brazos en alto, sin apoyarse en el mostrador. Con su carabina de aire comprimido en las manos, mirando por la mirilla, muy atentos, sin perder de vista el palillo mondadientes, cuando lo tienen a tiro disparan partiéndolo por la mitad. ¡Qué puntería! Todavía le quedan varios disparos para conseguir su premio. ¡Cuántas horas deseando tener en las manos esa carabina de balines de plomos, como siempre, esperando ser mayor!
El puesto de las papas fritas ¡Qué alegría y que buenas estaban! Tan calentitas con su sal rociada para darle más sabor. Qué finas cortadas y metidas en su cucurucho de papel de estraza. Hay cola esperando que “La Barrabala”, con ese arte que tenía, despachara con alegría y todos nos fuéramos saboreando ese manjar que estaba al alcance de todos.
Más tarde, a partir de las doce “La Barrabala”  termina con las papas fritas y en su perol comienza a echar la masa de los tejeringos. ¿Cuántas ruedas quieres? Con dos palillos largos de madera va moviendo y sacando ruedas, con mucha experiencia las va introduciendo en un junco del río. Todos contentos menos los que solo les llega el calorcito y el olor a la masa frita.
Cogemos la calle de La Carnicería, pasando bajo su arco en dirección al río, donde se encuentra la carpa del circo. Este año viene acompañado de un espectáculo de fieras; magos, malabaristas, payasos, acróbatas, etc. Tiene una taquilla impresionante llena de colorido, unas pancartas a los lados donde los leones parecen que se van a salir del cartel.  Los altavoces no paran de anunciar la programación que podemos disfrutar esta noche por un precio muy económico. En la entrada una valla de madera y el portero controlando que nadie se cuele sin pagar. Dos trabajadores atentos, van dando vueltas y mirando por debajo de las lonas de la carpa. Hay muchos que están esperando el momento justo para colarse sin entrada. Las sillas muy juntitas formando hiladas desde la primera a la última rodeando la pista, los focos, las redes, etc. Una fantasía creada en un espacio donde niños y mayores por unas horas vivirán en un mundo lleno de ilusión, dejando volar la imaginación. Desde afuera nos conformábamos  escuchando al presentador decir:  “El espectáculo va a comenzar.”
Una feria que comenzaba con la diana, el pasacalles y el repique de campanas. Por las mañanas y las tardes las actividades de la programación que organizaba la comisión de festejos. La carrera de sacos, la carrera de cintas en bicicleta, la cucaña, los juegos infantiles, los encuentros de fútbol amistosos, etc.
La primera noche para la proclamación de la reina y damas de las fiestas en la caseta municipal. Los concursos de sevillanas, concursos del baile de la escoba, del botijo, de la silla, etc. Los pasodobles, los bailes por sevillanas, canción española, etc.
En la entrega de premios, todos los ganadores subían al escenario con la ilusión de recogerlo a manos de la reina y las damas, recibiendo los besos de las más guapas del pueblo. Todos los vecinos aplaudían esos momentos por participar y hacer más grande nuestra feria, una feria  donde éramos una familia y se compartía mesa y colchón.
La alegría corría por la calle Principal con el dinero justo y las raciones de vista. Corrían los sentimientos tras su patrona ese día paseándola por sus calles. Un pueblo que se volcaba humildemente para celebrar las fiestas populares en agosto.
Mis recuerdos son muchos, tantas ferias vividas, los más bonitos de niño, cogido de la mano de mis padres, todos juntos. Mis primeras salidas con los amigos empujando los caballitos, montando en las voladoras, soñando que algún día me montaría en el carrusel. Asomado al mostrador de la caseta de tiro observando y escuchando el ruido de los plomos dando en la chapa, rebuscando las papeletas de la tómbola tiradas en el suelo, a ver si tenía suerte, buscando una oportunidad,un hueco para entrar al circo. El dinero de la hucha pronto se acababa y los bolsillos vacíos, era feliz.
La última noche con la tira de cohetes, la gente se arremolinaba en la calle Principal para ver y escuchar la traca que arrancaba en la puerta del ayuntamiento viejo y terminaba en el paseo con el zambombazo, anunciando que la feria llegaba a su final.  

De paso por la vida.

Juan Reyes.                                 

jueves, 29 de julio de 2021

La Feria (1ª Parte)

En mis recuerdos, los que guardo para siempre en un hueco de mi corazón, hay algunos de la feria, la feria de mi niñez y adolescencia. Desde niño la vivía cada día del año.
El alumbrado, la música, las banderitas y farolillos de colores. El olor a las papas fritas, los churros, la comida de los bares, los puestos de algodón de azúcar, la pólvora quemada...
El colorido llenaba todo el espacio del recinto ferial; el murmullo de la gente, de los cacharritos, el circo, las casetas, las terrazas de los bares…
¿Cuánta alegría compartida en un niño, donde todo era un mundo de magia, ilusión y juegos? La economía de mí familia era muy escasa, y el jornal que entraba era para comer. Salir los días de feria era un gasto inalcanzable, la feria de los pobres era dar muchas vueltas por la calle principal, y raciones de vista. Pocos caprichos nos podíamos permitir.
Nuestros padres desde niños nos iban inculcando que tener una hucha todo el año para estos días era lo primordial, ¿pero cómo llenarla?, no teníamos pagas extras y los bolsillos siempre vacíos. El envase de la leche condensada “La Lechera” era de lata, le hacíamos una hendidura en la cara de la parte de abajo, le dábamos la vuelta colocándola en un lugar que no estuviera muy a la vista, pero toda la familia sabía el sitio. La fijábamos con yeso para asegurarla y ahí se quedaba esperando las primeras monedas que caían con un cuentagotas.  
Para conseguir un dinero extra tenía que trabajar, haciendo lo que fuera. Yo trabajé descargando camiones de bebidas en el almacén de Manolo Rodríguez y repartiendo por los bares y las tiendas de comestibles. Por las tardes salía a recoger capullitos y alcaparrones en las alcaparras más cercanas del pueblo. En las fábricas del esparto haciendo madejas…. Poco a poco juntaba unas monedas con mucho esfuerzo. Las de veces que visitaba la hucha con un cuchillo en la mano, para mover las monedas y asegurar que se escuchaba el sonido del metal. Hablar de las huchas seria escribir un capítulo entero, forman parte de nuestros hogares. Estoy hablando de cuando tenía de diez a doce años y me sentía un hombrecillo.
Los recuerdos me trasladan unos años atrás. Un niño con los ojos abiertos, las pupilas se me salían de la cara mirando e imaginando montado en los cacharritos, todo era un sueño inalcanzable. Montarme lo tenía prohibido, si no estaba acompañado por mis padres o un adulto. Para mí, igual que para todos los niños del pueblo, la feria comenzaba cuando los primeros feriantes llegaban y comenzaban a descargar las casetas de tiro, del turrón, las tómbolas, los puestos de juguetes y juegos, los chiringuitos, los cacharritos: el carrusel, las voladoras, el tiovivo, las barquillas, la noria, etc.
En el río, bajo la sombra de los eucaliptos, aparcaban unos viejos camiones cargados de hierros y lonas, las caravanas y los remolques con las fieras salvajes. Desde aquel momento el circo ocupaba un espacio lleno de fantasía, intriga e ilusión. Niños y mayores observaban montar la carpa y las fieras enjauladas tras los barrotes de acero. La mitad del paseo estaba vallada con cañizo y colocando un remolque de escenario para la orquesta o banda de música del pueblo. La entrada principal quedaría en el centro del paseo.
Las familias de nuestros padres y amigos llegaban para las fiestas, ellos tampoco querían perderse su feria, la que tanto echaban de menos. Por motivos de trabajo abandonaron su gente y su pueblo buscando una oportunidad. Los colchones en el suelo, la comida se repartía y la alegría se desbordaba después de tanto tiempo sin verse.
Una mañana muy temprano me despertaba el ruido de los cohetes explotando en el cielo, parecía que el ruido de los cohetes estaba metido dentro de las casas. Un poco más tarde, el sonido de la banda recorría todas las calles del pueblo tocando la diana y anunciado que estábamos “enferiados”. Las fiestas patronales por la virgen del Socorro, otro año más, comenzaban.  
Recuerdo que mi madre nos tenía a todos arregladitos, con las mejores prendas de vestir. Cogidos de las manos íbamos por “La Calleja”, la calle del “Correo” y salíamos al recinto ferial.  La calle Principal con el alumbrado encendido, los farolillos y banderitas. Las terrazas de los bares llenas de mesas y sillas alineadas, los camareros con el pantalón negro, la camisa blanca esperando a los clientes con la bandeja de plata bajo el brazo. Vamos paseando juntos para no separarnos calle adelante: nos vamos dejando a los lados las casetas del turrón, las de tiro, las tómbolas, los puestos de juguetes. La gente dando vueltas, unos vamos y otros dan la vuelta por la casa grande donde termina el recinto.
El ruido de la música, el olor a papas fritas, a las raciones de calamares, los chiringuitos, las manzanas y los chupes de caramelo, el algodón de azúcar. Se escuchan canciones de Juanito Valderrama, de Marisol, Manolo Escobar... Antonio “El Bolo” las va dedicado a los que se pasan por la emisora del ayuntamiento y mientras da las gracias a los comerciantes por su colaboración.
Al lado del paseo se encuentran los cacharritos. Un tiovivo lleno de caballitos de madera pintados de colores y fijados en una barra de metal que sirven para agarrarse y  desplazarse de arriba hacia abajo para simular el galope, coches, patos, hoyas, etc. No paran de dar vueltas, la música, las luces de colores y los ojos detrás de ellos al mismo tiempo, sin perder de vista todos los movimientos.
Otra atracción eran unas barquillas de madera grandes de color blanco y azul; tres barquillas separadas y alineadas que colgaban de unas barras del soporte principal. Los muchachos se montaban y con la fuerza del cuerpo comenzaban a balancear, cada vez cogía más impulso y llegaba un punto donde la barquilla la colocaban bocabajo, el dueño echaba mano al freno un tablón de madera que la frenaba cuando llegaba al punto de salida. Todos  dejados de caer en una barandilla animando y con los dientes apretados para que le diera la vuelta, cosa que no podía ser.
Unas voladoras colocaban en la puerta de Antonio “El Muerto”. Los asientos de hierro colgaban del techo amarrados con dos cadenas que se abrían en cuatro brazos para más seguridad. Otro trozo de cadena cerraba el asiento para que no se salieran al coger velocidad dando vueltas. Los pies parecían que tocaban la pared de la fachada de la casa y los naranjos del paseo los rozaban. Se empujaban unos a otros para coger más impulso como bromas, el problema era estar atento al retroceso porque se jugaban el golpe en las piernas. Las caras de felicidad y las sonrisas lo decían todo.
Una noria que subía por lo alto de los tejados. Una rueda en posición vertical, unas góndolas, cabinas o canastas de asientos. El dueño de la noria, con mucho trabajo iba subiendo al personal, los primeros arriba de contrapeso hasta llenar todos los asientos. 


No quiero dejar de pasar una anécdota que ocurrió hace muchos años. Mi madre cada vez que hablamos de la feria nos la recuerda. Todos los días su amiga “La Negrilla” y ella cuando salían de casa tiraban para la atracción que más le gustaba, la noria. Desde que abría el dueño se pegaban para que las montara gratis. Él las conocía bien, dos niñas morenas y granujillas, les hacía tanta gracia que las montaba algunas veces. Cuando estaban arriba se imaginaban que volaban como dos pajarillos, se sentían más importantes al ver la feria bajo sus pies. Una noche, más bien tarde, las montó de contrapeso arriba del todo. Pasó una hora y nadie se pasaba por la noria, ellas disfrutando colgadas en lo más alto. Mi abuelo, su padre, preocupado por las horas que eran, y la niña no aparecía por casa. El tiempo corría y la noria vacía, el dueño pensaría: “A estas las voy a cansar a ver si escarmientan”. Mi abuelo fue a buscarla por la feria, pero tenía una corazonada y tiró hacia donde creía que la encontraría y acertó.  Cuando llegó lo primero que le dijo: “¿Por qué no me hace el favor de bajar a esas dos niñas.” Mi madre cuando lo vio, solo le quedó saltar desde arriba. Al poner los pies en el suelo, la cogió por el brazo y llegó hasta la casa en la “Calleja” dándole tortazos en el culo. Los días de noria acabaron para ella. Han pasado ochenta y cuatro años y todos los años me lo recuerda.  
La atracción más importante era el carrusel. Esta atracción se movía con un motor eléctrico. El ruido de los hierros y los cojinetes era estremecedor cuando empezaba a dar vueltas. Para subirse contaba con dos entradas, unas escaleras de madera anchas que te dejaban en la plataforma. ¡Cuántas veces me quedé con las ganas de montarme! Era la atracción más cara de los cacharritos. Solo para mayores si no estabas acompañado por un adulto. Era impresionante una montaña que se movía, cuesta arriba y de pronto bajaba con fuerza dando vueltas. La gente gritaba de alegría. Yo los miraba y me divertía viéndoles las caras de felicidad. Unas focas enormes de colores, unos asientos anchos para cuatro personas. En el rulo se acoplaban todos los que podían, cuanto más apretados mejor. Comenzaban a girarlo con mucha fuerza. Si cogían la dirección del carrusel todo iba de maravilla,  si las vueltas las daban en su contra los mareos y las malas caras lo decían todo, el cuerpo se les descomponía y las nauseas les hacían vomitar. Los caballitos subían y bajaban como en los cuentos, unos cisnes blancos de cuello largo. No perdía de vista tantas luces de colores, la compañía de la música y el  balanceo del carrusel.



jueves, 22 de julio de 2021

A LA SOMBRA DE LOS ÁLAMOS NEGROS

A la sombra de los álamos negros escuchaba caer el agua por las chorreras, una catarata artificial del embalse Malpasillo. 

 

Las palomas bravías picotean las algas de la chorrera, solo rompen el silencio el gorjeo y el aleteo al arrancar el vuelo. 

Unas carpas saltaban en las aguas dormidas, tras un moscardón de verano cansino. 

Las sombras de los álamos negros se bañaban serenas,  arropadas por el follaje espeso del bosque de ribera. 

Unos mimbres acariciando la grama fresca. Los tarajes decorando el soto  y los carrizos revistiendo la orilla. Los juncos y aneas no podían faltar y las adelfas y salicarias floridas. 

Las cicutas y la zanahoria silvestre sobresalen, buscando los rayos del sol. El poleo menta y la hierba buena silvestre me envuelven con sus aromas a la sombra de los chopos negros, junto al álamo blanco y la higuera bravía. 

El día viene alegre. El sol aprieta en julio. La frescura de un manto de agua, el verdor de la vegetación, la sombra de los álamos negros. Una mañana de verano bajo las compuertas, aprovechando un espacio natural, aprovechando un rincón con vida.
 

De paso por la vida.   

ENCARNA “LA DEL ZAPATERO DE LUCENA”

Hay fechas para todo. El día nueve de julio es una más. Este día lo recordaremos por un doble motivo: de tristeza al despedir a un ser querido; de alegría por compartir tantos años junto a sus amigos y familia. Despedir a una amiga, por muchos años que tenga, no es agradable. En este caso Encarna estaba viviendo sus noventa y cuatro. ¿Cuantos decimos “¡Ay, si yo los pillara!”? Cumplir años es buena señal, pero no es todo si vives mucho y mal. Lo importante es tener salud, saber disfrutar el momento y compartir la vida con la gente que quieres y te quieren.
 

A Encarna la conocí hace tiempo. Mi profesión de albañil fue la razón para entrar un día en su vida. Esta mujer tenía un temperamento fuerte y una sonrisa agradable, así conseguía que un albañil arreglara los desperfectos de su casa. Fue naciendo una amistad cada vez más grande. Mi trabajo le gustaba y mi comportamiento con ella.
 

Encarna era una persona encantadora para todo el mundo. No podía tener enemigos a no ser por envidia o malos pensamientos. Siempre la recordaré como una amiga que me escuchaba.  Hablábamos de todos los temas. Ella con su temperamento y de cuerpo fuerte, era blanda de corazón.  No era la primera vez que sus lágrimas corrían por sus mejillas, se emocionaba muy fácil y los problemas del mundo eran suyos. Una lectora  de libros, ¿cuantos han pasado por sus manos? Una mujer culta que se lo ha trasmitido a sus hijos. Yo la recordaré con un libro en sus manos, una sonrisa alegre, una luchadora por su familia. La recordaré sentada en la puerta de su casa en la calle “Ancha” con su familia y sus amigas, disfrutando de su compañía. Ese grupito con tan buen rollo y tan buenos momentos vividos. Llenaba la calle de alegría. Todos se paraban para saludarla, todos la querían por su comportamiento en esta vida y hacia los demás.
No dejaré en el tintero que Encarna era una hija del “Zapatero de Lucena”. Un vecino de Lucena de profesión zapatero que un día se enamoró de una badolatoseña. En muchas ocasiones le  pedí  las herramientas de la zapatería de su padre.  Frasquito hacía muchos años que  falleció. Exponerlos en mi humilde museo de artes y costumbres era una ilusión pendiente. Su respuesta siempre era la misma, otra vez será. Un día, sin decirle nada, ella me los ofreció. “Juan creo que tú valoras esas herramientas mucho y pienso que en tus manos estarán en buena custodia”. “Solo quiero quedarme con el martillo zapatero como recuerdo de mi padre”. Ese martillo tiene un significado muy emotivo para ella y para mí. 

 




Hace cosa de unos meses en el último trabajo que hice en su casa me dijo: "Juan, te voy a dar  el martillo zapatero del que tantas veces hemos hablado. Mi padre, un profesional de su oficio, que fabricó muchos pares de botas y zapatos, un gran hombre, desearía que estuviera con todas las herramientas de una vida…" 


Un gesto que nunca olvidaré, al contribuir con la cultura de un pueblo que nunca debería perderse.
 

Cierro el capítulo de una vida llena de recuerdos, de una mujer con la que compartí buenos momentos charlando y a la que me unió una gran amistad. Un hueco queda vació en la calle “Ancha”, un hueco y una puerta más cerrada, son muchas las que no abren. La calle principal se queda sola, faltan los que un día nos acompañaron dándole vida.
 

De paso por la vida.


jueves, 8 de julio de 2021

El Cerezo de las Huertas de la Manga (Último Capítulo)

Era una tarde a finales de la primavera y entrada del verano. Una bandada de estorninos se dejó caer en las huertas de La Manga. Después de un día en ayunas, vieron unos frutos rojos y carnosos en unos cerezos. Con tanto apetito y ansia picoteaban, que despertaron al pobre hortelano de su siesta.  Con los brazos en alto gritaba, y del susto un estornino se tragó un hueso. En medio de la noche y con la barriga descompuesta el animal al evacuar el hueso  resolvió su problema. Un hueso que encontró un ratón de campo en una noche oscura. Que una lechuza lo atrapó en silencio con sus garras y volando chocó con un cable eléctrico. Con suerte se libraron los dos de la muerte y el hueso calló en medio de una herriza donde germinó. Un cerezo que fue creciendo despacito rodeado de vegetación de monte bajo. Él preguntaba por todo y su gran ilusión era ver los cerezos de las huertas La Manga. Habían pasado quince años con sus días y una mañana tuvo una visita inesperada. El hortelano que gritó con los brazos en alto, se apiadó de él y le ayudó a conseguir su sueño, un sueño que dependía de su altura. Este labrador, amante de la paz, la tranquilidad y su trabajo de labrar la huerta lo adoptó como suyo y cada año le dedicaba un tiempo de su vida a limpiar su pie y a podarlo, así conseguiría su gran ilusión, ver los cerezos de las huertas. 

Una vez terminada su tarea, se sentó  en la tierra tranquilo, apoyando su espalda en el tronco. Sin prisas le hablaba con voz tierna y dulce. Él, era cariñoso y su corazón era grande, sin nada de avaricia y egoísmo. “Me contaba mi padre, que su abuelo le dijo… Que un día llegaron unos campesinos a estas tierras vírgenes. Una tierra fértil y con el agua del río Genil fue posible cumplir sus sueños. Vivir de lo que da la tierra y asentarse en esta ribera viviendo en chozas. Las aguas del río fueron elevadas por una gran rueda de hierro y madera, movida por la fuerza del agua. Las generaciones pasaban y ellos, esclavos de su trabajo, poco a poco fueron construyendo con mucho esfuerzo, sus primeras paredes y su techo de obra…  En los años de mi niñez en la ribera de las huertas la paciencia era la mayor virtud. La armonía, la tranquilidad rebosaba en cada rincón. Éramos una gran familia. La sencillez y la humildad pasaban de padres a hijos. Se disfrutaba del silencio: al escuchar crujir las viejas maderas de la noria, correr el agua por las regueras, el canto de la alondra en la noche, el metal acerado de la azada golpeando la tierra, el rebuznar de los burros, el canto de los gallos por las mañanas, el balar de la cabra amarrada bajo la higuera, el verraco en celo, las gallinas con los polluelos. Bendito silencio; al escuchar las brevas maduras caer al suelo, el pájaro carpintero en el soto, los chapoteos de las nutrias jugando, el topo excavar la tierra. Cada tarde de verano en los recodos del río se escuchaban las voces y las risas de los chiquillos cuando golpeaban las aguas dormidas. En las noches de calor; las familias se sentaban en los poyetes del rellano de la casa,  cada uno contaba algún relato escuchado, o los refranes del campo. Todo se va perdiendo: la fiesta de la matanza del cerdo, los solomillos en manteca en orzas, el rico sabor de los tomates y pimientos en conserva al “baño María”,  la elaboración de la carne membrillo, la mermelada de ciruela, los sabores de la pera chica, las manzanitas, la zanahoria morada…todo va desapareciendo como las viejas costumbres. Desde la primera huerta de “Los Pineda”, a la última de “Manolo Caracol”, se conocían los nombres de cada miembro de las huertas. La gastronomía de las abuelas, dándole tiempo al puchero, a los tomates en la lumbre de la chimenea, ese hervor a borbotones, ese aroma que bajaba por el callejón de las huertas para mojar sopas. La verbena de San Juan, donde todos los hortelanos guardaban sus tesoros. Todo va cambiado, nada es como yo lo viví. Ese silencio roto por las motosierras, las maquinas de arar… En las casas enchufamos la caja tonta y conversa por todos. No sabemos ni aprendemos a disfrutar del entorno y el paraje que nos han visto crecer. No nos conformamos con vivir en paz, necesitamos más para ser felices. Hoy en las huertas de La Manga las vallas de alambre van separando a las familias. Las casas blanqueadas de cal y las tejas de barro pierden su encanto abandonadas. Llegan los nuevos materiales para construir las viviendas rompiendo la estética de las huertas. Un manto de plástico decora y cubre el verde de las hortalizas y los frutales. La alegría que antaño se respiraba, se mamaba, se palpaba en cada rincón de la ribera. La imagen de la noria día y noche chorreando el agua de los cangilones en la acequia, una conducción que perdió su encanto bajo tierra…” Se alzó el hortelano y miró al cerezo antes de marcharse. “Esta primavera tu sueño será una realidad, alcanzarás la altura que tanto has deseado,  la paciencia es la mejor virtud. Los nuevos brotes crecerán con fuerza y prisas, querrán  llegar al cielo y desde arriba ver cumplido tu deseo.” Nada lo detuvo, y con la ayuda de un viejo hortelano alcanzó  ver los cerezos de la ribera de las huertas La Manga.  
De paso por la vida. 

jueves, 6 de mayo de 2021

El Cerezo de las Huertas de la Manga (3ª parte)

Entraba la estación del otoño. Las hojas van cambiando de color. Pasan de los verdes a los ocres, van cayendo poco a poco, despacito, sin prisas. El campo va tomando un color gris, como el cielo con los nubarrones.  El cerezo se va quedando desnudo con los fríos. La savia se paraliza y entra en un estado de reposo vegetativo. Un sueño muy profundo lo envuelve. Va montado en una nube volando, cruzando países y llega a Japón, donde lo están esperando. Es un invitado de honor. Cada año celebran “La Contemplación de los Cerezos en Flor”. Ellos le llaman el “Hanami”, donde las parejas declaran su amor debajo de un cerezo florecido. Los sueños, sueños son, y por arte de magia, en un momento, se encuentra en Jerte, en el valle de los cerezos. Un pueblo agricultor que vive de la recolección de la cereza. Elogian y festejan el día del cerezo para agradecer sus frutos.
 
El cerezo ha estado relacionado con los dioses y divinidades en la mitología romana. Se relaciona con Venus, la diosa del amor. Otras veces, con lo oscuro y mágico. Las brujas utilizaban sus ramas para realizar conjuros.

La otoñada le da paso a los fríos. Él sigue dormido y soñador en su estado de reposo. Con las aguas caídas de las lluvias, el campo va tomando color. Las primeras florecillas, los primeros brotes nuevos de herbáceas, los espárragos van saliendo en la sierra.  Una mañana temprano, el hortelano de Las Huertas de La Manga decide dar una vuelta por el monte con la intención de coger una esparragada. Cosas del destino, sus pasos lo llevaron a tropezar con el cerezo. Al ver el árbol desnudo lo dudó un poco, pero, pronto confirmó que se trataba de un cerezo, por su experiencia. No comprendía cómo había podido criar en  la herriza. Preocupado por su mal estado y ser tiempo de poda, decide volver mañana, preparado con las herramientas necesarias para realizar su trabajo. Con la azada limpió todo el pie, y con el hocino fue remangando todo el tronco hasta la cruz. El hacha terminaría la faena en las partes altas. Al terminar se sentía orgulloso de la labor. Ese árbol parecía como cosa suya, sin saber por qué y qué razón. ¡Amigo, qué falta te hacía, te he dado vida! El cerezo de nada se enteraba, pero el tiempo corría. A finales de febrero comenzaba a moverse la savia y despertó de su reposo vegetativo. Algo había cambiado. Se encontraba más ligero, respiraba mejor. Su pie limpio, su tronco sin varetas y la parte de arriba despejada. El sol le entraba por todas partes. La primavera venía de camino calentando las plantas. Los frutales preparados para recibirla y dar lo mejor de ellos. Este año floreció, como nunca antes lo había hecho. Era la envidia de la herriza. Los romeros, las retamas, los lentiscos y las coscojas miraban la pureza y blancura de sus flores. Los cuentos, las fábulas, las historias inventadas tienen un final feliz. A mi personaje le quedan unos años más para alcanzar su sueño, o unos dos metros de altura para cumplirlo… 


De paso por la vida.

ENTRE RECUERDOS

  ENTRE RECUERDOS El 9 de febrero de 1927 amanecía en las huertas de “La Manga”. El sol asomaba tímidamente por los cerros de J...