Pasaron los años y el cerezo escondido entre romeros, retamas, coscojas y lentiscos, fue criando y ganando altura y espacio, como un almendro silvestre. Era un cerezo muy especial. Preguntaba por todo, pero nadie le contestaba. Un día de primavera pasaba una abeja revoloteando de flor en flor. Aprovechando que se acercaba le preguntó: “¿Quién eres tú?”. “¿Quién soy yo?”. Tanto insistía que la pobre abeja le respondió: “Yo soy una abeja obrera. Voy recogiendo el néctar y el polen de las flores para fabricar la miel. La comida de mi colonia en época de escasez. Sin darme cuenta, voy polinizando las flores. Un trabajo que tiene su recompensa, dando origen a nuevas semillas y frutos. Vivo en una colmena con miles de obreras como yo. Tenemos los zánganos, responsables de la seguridad. Una sola Reina, que se alimenta de polen y néctar. En la temporada de puesta llega a poner unos mil huevos por día. Cuando empiezan a nacer las larvas, las abejas nodrizas las van alimentando con jalea real. Vivimos en sociedad, una colonia donde cada uno tiene que cumplir con su labor….”
“Tú eres un cerezo y tu fruto son las cerezas en forma de corazón. Nacen en ramilletes o de dos en dos. Tu familia son las Rosáceas con más de tres mil especies diferentes: el melocotonero, el albaricoque, el almendro, el ciruelo… Nacieron lejos, al Sureste de Europa y Oeste de Asia (Prunus Cerasus), un cerezo silvestre. Lo introdujeron los Persas y los Romanos en el siglo I y su cultivo se popularizó en el siglo XVI. Prefieren inviernos largos y fríos, los veranos cortos y calurosos. Las noches frescas y primaveras templadas. Otro día seguiré contando más de tu especie, te diré que a doscientos metros de aquí hay unas huertas, donde hay plantados frutales de tu especie. Si consigues alcanzar seis metros de altura los veras.”
El pobre cerezo se quedó de hojas caídas al ver que la abeja sabía tanto de la vida. No le dio tiempo a darle las gracias. La abeja con su zumbido se marchó revoloteando, cargada de polen en sus patas y abdomen. Haciendo uno de los actos más importantes y beneficiosos para las plantas, les ayuda a la polinización de sus flores y, con ello, a la conservación de la Biodiversidad y sus ecosistemas.
Los años pasaban y el cerezo fue creciendo lentamente. Un árbol abandonado, su ramaje y varetas lo tenían ahogado. Necesitaba la mano del hombre para podarlo y coger altura. Su ilusión era ver la huerta de La Manga con los cerezos en flor. Esta primavera, una pareja de verderones se posaron en su copa, no paraban de trinar alegres y divertidos. Era la época de aparejarse y ellos se arrullaban. El cerezo, al escuchar su canto, ese gorjeo melódico de amor, les preguntó de dónde venían. Ellos con su trinar le respondieron: “Viajamos por Europa y el norte de África.” El cerezo que estaba aburrido, aprovechó la ocasión y les brindó el mejor sitio de sus ramas para construir su nido y sacar sus polluelos esta primavera. Sólo les puso una condición, que le contaran sus viajes por todos esos países y qué se siente al volar. Fueron construyendo el nido poco a poco, con tallos largos y flexibles, dándole la forma de copa, en su interior iban colocando trozos de hierba seca y musgo con algo de plumón. Terminado el nido, la hembra fue depositando los huevos y se quedó para incubarlos. El verderón, en los atardeceres más tranquilos, posado en lo más alto del cerezo, aprovecha para contarle sus vivencias vividas de paso por otros países y la sensación que se tiene al volar. “Con las alas abiertas y dejarse llevar por el viento, no se puede expresar con palabras la sensación de libertad en el cielo. Arriba eres tú mismo, sólo tú, libre con las alas extendidas. Todo se ve distinto y diferente, en lo más alto. Los ríos, las montañas, los valles, el mar, los pueblos…un mundo lleno de colores y paisajes incomparables. Las fronteras no existen y todo parece grandioso a los ojos, sin saber explicar…” El cerezo se quedaba ilusionando y soñador, al escuchar al verderón contar sus viajes y ver el mundo desde el cielo. “Yo jamás volaré, para ver la belleza que hay en la Tierra, solo me conformaría con ver los cerezos de las huertas La Manga”. Los verderones, después de sacar dos crías de polluelos este año, tenían que seguir su camino. Una mañana temprano, sin despedirse, salieron con destino para el Norte de África.
jueves, 29 de abril de 2021
El Cerezo de las Huertas de la Manga (2ª parte)
lunes, 19 de abril de 2021
El Cerezo de las Huertas de la Manga (1ª Parte)
Era una tarde a finales de la primavera y entrada del verano. En las huertas de La Manga acostumbran a madrugar los hortelanos para preparar la tierra. Azada en mano quitando las malas hierbas, arreglando la reguera para que corra el agua por los canteros… Después de toda una mañana de laboreo lo mejor es comer, descansar y echar la siesta. Esta tarde se dejó caer una bandada de estorninos por Las Huertas de La Manga. En una de las huertas, el hortelano tenía sembrado hortalizas y frutales: manzanos, perales, granados… y unos diez cerezos. Este año la cosecha había cuajado y los más tempranos no podían con las cerezas.
Los estorninos, después de un día en ayunas, vieron esos frutos rojos y carnosos en ramilletes. Comenzaron a picotear, con tanta hambre y alboroto de alegría que despertaron al hortelano que estaba dando una cabezada. Salió de la morada y cuando se percató de lo que estaba pasando, con los brazos en alto, y muy enojado, exclamó “¡Fuera de aquí, iros a comer a otro sitio, que mis cerezas no son para que las degusten vuestros picos!” Con las voces que daba, un estornino, con el miedo se tragó una cereza con el hueso.
Los estorninos asustados arrancaron el vuelo y se posaron en una alameda de álamos blancos, junto a la orilla del río Genil. Estaban descansando en las copas y las ramas. Alegres y cantaores, parloteando entre ellos, comentaban lo buenas que estaban, el sabor que tenían y el susto que el hortelano les había metido, con tantas voces y espanto. La tarde se echaba y el sol se perdía por los cerros. Esta noche se cobijaran en los enramados tranquilos y con los buches llenos. En medio de la noche se despertó un estornino. El pobre con los retortijones, la ingestión de tantas cerezas y el hueso que se tragó. De tanto apretar se cagó, se libró del hueso y a los de abajo los despertó llenos de excrementos. Un alboroto se formó y, con tanto refunfuño, cuando se dieron cuenta el sol estaba saliendo. Arrancaron en vuelo, todos juntos hacia el cerro Espejo, por el Sur.
Pasaron los días y una noche un pequeño ratón de huerta buscando comida tropezó con el hueso ¡Qué alegría, comida, una semilla, la guardaré en la despensa de la madriguera para pasar el invierno! Caminaba tan contento con su hueso que se olvidó por un momento que la lechuza lo vigilaba. Para la lechuza fue una presa fácil de atrapar. Con su vuelo silencioso y sus garras afiladas lo agarró y se lo llevó en la noche. El pobre ratón no soltó el hueso. La buena o mala suerte. La lechuza, a unos doscientos metros, en una la línea eléctrica fue a dar con un cable. Ella se salvó. El ratón se escapó y el hueso, en medio de una pequeña herriza, en la tierra calló.
Pasó el verano y el otoño llegó lluvioso. Con las aguas el terreno se ablandó y el hueso quedó enterrado. Pasó el invierno y la primavera llegaba con fuerza y hermosura. La tierra mantuvo la humedad y la semilla germinó.
sábado, 20 de marzo de 2021
Día internacional de la Poesía
Para conmemorar el Día internacional de la poesía os dejo este poema dedicado a mi compañero y amigo inseparable.
viernes, 19 de marzo de 2021
Entre Recuerdos
En las huertas de La Manga se escuchaban los gallos cantar y los ladridos de los perros. El sol subía y la comadrona bajaba, corriendo por el callejón. Mi abuela estaba de parto.
Naciste en el mes de febrero, en una familia humilde y dedicada a labrar la tierra con sus manos. Los frutales: perales, manzanos, ciruelos… dormían esperando la primavera. Las hortalizas de invierno, en su mejor momento. Acelgas, espinacas, las coles con un verde oscuro, llenas de vida. Las planteras de tomates, pimientos y berenjenas esperando que pase el día de San José, temiendo a las heladas tardías, para ser plantadas.
Mi padre, un niño que corría descalzo por la ribera, y por San Juan saboreaba las mejores brevas bajo la sombra de la higuera. Se bañaba al lado de la nutria y junto a la noria, mirando, con la boca abierta, como subía el agua del Genil por los cangilones y se vaciaba en la acequia, Corría con fuerza la reguera abajo buscando los canteros y se esparramaba en la tierra, dando vida a los hortelanos de las huertas La Manga. Él escuchaba los jilgueros, los verderones, trinar y hacer los nidos en las ramas del granado. Los álamos blancos, las mimbreras, los olmos y el cañaveral le vieron crecer y cada temporada cortar las cañas para las tomateras.
“Los Poetas”, una familia humilde, una más que vivió de la tierra, con su esfuerzo y luchando, día a día, en la ribera de las huertas La Manga y El Remolino.
¡¡¡Felicidades, papá!!!. Siempre estarás en nuestros corazones porque tu alegría perdurará en cada uno de nosotros.
19-3-2021
De paso por la vida.
viernes, 5 de marzo de 2021
La Mujer
El día ocho de marzo, fue institucionalizado por decisión de las Naciones Unidas en 1975, como día Internacional de la mujer.
Cada 8 de marzo las mujeres toman las calles para manifestarse, reivindicando la igualdad de género como personas, denunciando la violencia y la brecha salarial, entre otras muchas cosas. Este año por motivos de la pandemia, las calles estarán vacías para defender sus derechos. Si caminan juntas y todos las apoyamos, la lucha será más fácil.
Este escrito es mi apoyo, mi granito de arena por la lucha de la mujer.
LA MUJER
Desde niño me fui dando cuenta de la labor que mi madre desarrollaba en la familia. Para ella todos los días del año eran iguales o muy parecidos. Siempre dándolo todo sin pedir nada a cambio. La primera que se levantaba y la última en meterse en la cama.
Cinco hijos varones o zagalones, la más pequeña, una niña y mi padre, una cuadrilla para ella sola en casa. Corrían malos tiempos y pronto tuvimos que empezar a trabajar en los cortijos en las faenas del campo. Ella, mi madre, una luchadora que encendía la hornilla antes de que amaneciera. Con amor preparaba la comida, una buena olla de potaje a fuego lento, el almuerzo que nos comíamos en el tajo. Ella no se quedaba atrás, como siempre la primera, demostrando su valía.
Después de una jornada de sol a sol llegábamos cansados al cortijo. Nosotros hasta mañana lo teníamos todo hecho, mi padre ayudaba en algunas cosillas. A mi madre le faltaba día. Se remangaba para lavar la ropa, a base de restregar con sus manos en una tabla de madera. Recoger la ropa seca y de nuevo llenar los tendederos, dejándola secar por el viento y el sol del nuevo día. Estirar el ropaje de las camas, fregar los cacharros de cocina, preparar los avíos de la comida para la cena y pensando que comeríamos mañana. Una lista diaria que nunca se acababa para ella sola. Ella una esclava, una trabajadora realizando una labor que nunca será reconocida ni pagada. Los hombres, los cabeza de familia, buenos trabajadores y preocupados de que no faltara un jornal en casa, la pobreza estaba al día y se vivía mal. Ayudar el hombre en las faenas del hogar estaba mal visto, las mismas mujeres lo criticaban, eran unos mariquitas afeminados. Una cultura que se había mamado y todavía sigue arrastrándose de generación en generación.
Los hombres somos unos afortunados que nos lo encontramos todo hecho. Nos educaron a ser unos huevones e inválidos en colaborar en las faenas de la casa. La condición de ayudar y compartir es la voluntad y la conciencia de uno mismo y siempre es escasa, por no decir nula. Un niño que pronto comprendió que todo caía en las manos de mi madre, cansada y sin poder enfermar, no tenía tiempo. En los cortijos las paredes eran de sacos unidos con costuras y puntadas de cuerdas. La intimidad no existía. Las familias estábamos informados de las alegrías y las penas. Cuando algunos hombres llegaban con una copita de más, esa noche tocaba hacer el amor, si o si. Esa mujer, cansada después de un día de trabajo y llevar la casa, una pesadilla para ella que todos tendríamos que vivirla. Las palabras bordes y la pérdida de respeto a la mujer, al querer tomarla a la fuerza, sin su voluntad. Es un ejemplo más de tantos, una realidad oculta a los ojos que no quieren ver.
Con la mirada la desnudan,
sin ver la dulzura de su alma.
Utilizan palabras tiernas,
de cariño y la soga corta.
Alardean de ser hombres,
ellas bajo sus pies.
Mujer despierta,
abre los ojos,
reivindica y lucha.
Los años van pasando y las mujeres del siglo veintiuno avanzan despacito, las administraciones las apoyan y la sociedad se implica en señalar a los culpables. A ellas, después de una jornada con el sueldo inferior al del hombre, les espera otra en casa: hacer la comida, la tabla de planchar, poner la lavadora….unas currantes cariñosas con sus hijos.
La mujer, una víctima que sufre el maltrato psicológico en silencio y físico por hombres sin escrúpulos y algunos con instinto criminal. Hombres que viven en la sociedad con mente machista, para ellos la mujer la consideran como suya y con derecho a arrebatarle la vida. Todos nos sentimos culpables cuando cada día en las noticias hablan de que una mujer más forma parte de una lista con nombres y apellidos. Víctima o violada a manos de su pareja. Pienso y me digo a mi mismo: Esos hombres, ¿no tienen madre, una hermana o una hija? ¿Les gustaría que mataran a su madre, que violaran a su hija, que maltrataran a su hermana? Creo que no se paran a pensarlo, ni a meditarlo, de lo contrario no levantarían la mano a ninguna mujer.
Si con esto ayudo, en esta sociedad, a evitar la pérdida de una sola mujer, me sentiré satisfecho porque algo va cambiando. Todos deberíamos ser madres, esposas, hijas… para comprender la labor de la mujer en la vida, los pilares de la Tierra. Gracias a todas ellas por repartir tanto amor en el mundo.
8-3-2021
De paso por la vida.
miércoles, 3 de febrero de 2021
LA CARA NORTE DE NUESTROS PARAJES
Hoy caminaremos por los parajes de la cara Norte del término. En la entrada a la finca “La Cabreriza”, o “Dehesa de Pedernale” de la Junta de Andalucía. En la portada de la cancela solo quedan los pilares de obra, revestidos con mortero y del color de la cal no se acuerdan. Salimos en el carril cortafuegos o de servicio a la propiedad, este carril va bordeándola y se adentra en algunas zonas del paraje para morir en el punto de salida. Una valla con postes de madera y una alambrada de púas va marcando y deslindando la finca. El camino que pisamos es de margas blancas y se conserva en buen estado para pasear. Iniciamos la ruta y vamos dejando a mi izquierda un mar de olivos. Van alineados, según las fincas, en el paraje de “Las Rentillas”. A la derecha, un cerrillo cubierto de pinos. A unos cincuenta metros de la salida, nos encontramos, junto al camino, el brocal de un pozo abandonado con fábrica de ladrillo sobresaliendo del suelo más de un metro cincuenta. Un abrevadero lo abraza y la maleza lo rodea. El fondo del pozo seco y cubierto de basuras. Hace años, el ganado pastaba libre por estos cerros, los cencerros se escuchaban cada vez más cerca, los animales llegaban con prisa y sedientos. El pastor tiraba de la cuerda que se deslizaba por la carrucha. El agua se derramaba del cubo y el abrevadero medio lleno. Los animales se apretujaban unos contra otros para sosegar la sed.
En Cerro Blanco, el suelo es de margocalizas y cubierto de matorral de monte: romeros, lentiscos, albaida, coronilla de fraile, romero blanco, alcaparras… todo fresco y nuevo. Yacen los cuerpos de los pinos muertos por las llamas en el cerro. El hombre, a veces con su malicia, actúa sin corazón y sin cabeza. La solución a su problema es prenderle fuego a la naturaleza. Los pinos calcinados dan fe del delito, tumbados sin vida… Con las últimas aguas caídas de esta primavera, las plantas se han vestido para festejar mayo. Las herbáceas llenan cada palmo de color: las margaritas blancas y amarillas, las malvas silvestres, las moscadas, el pinillo almizclado, la lengua de gato, la viborera... Seguimos caminando, la alambrada y un olivar cruzan el carril de servicio, se adentran en el paraje natural para acariciar los pinos. La naturaleza es nuestra compañía, las jaras grises, el almoradú, los cardos gigantes, el marrubio blanco, el espino negro… una mañana primaveral llena de regocijo. Decidí descansar al lado de unas ruinas, unas paredes a media altura, fabricadas en mampostería con material de la zona. Los restos de un cortijo o una cabreriza del siglo pasado. Por estos parajes la agricultura y la ganadería era una fuente de vida. A veinte metros de las ruinas, entre la maleza, unas colmenas. El zumbido de las abejas se escuchaba, unas entraban y otras salían. Todas acarreando el polen en sus patas y abdomen. Haciendo uno de los actos más beneficiosos para las plantas, polinizando las flores y con ello la conservación de la Biodiversidad y sus ecosistemas. La naturaleza es un libro abierto dónde vas aprendiendo y descubriendo la importancia de cada especie. Cada una contribuye en la evolución de la vida. El canto de las aves mosquiteras, el reclamo de la perdiz roja, los conejos en los machones y cruzando el camino, el lagarto ocelado tomando el sol… Vamos cuesta arriba buscando la cima del “Cerro Monigotes”, a la izquierda el arroyo “Del Agua” y la alambrada de púas. Al otro lado del cauce los olivos del “Cortijo Burraco”. En este arroyo brota el agua de un acuífero y las ruinas de una vivienda un poco más arriba. Este manantial ha sido utilizado por el hombre desde antaño para su consumo. Los badolatoseños en verano, en el tiempo de la recolección de la alcaparra, llegaban sedientos para calmar la sed. Los cazadores llenaban la pililla y los perros con la lengua fuera se tiraban de cabeza. Hoy el brocal del pozo parece una maceta, sembrada de carrizos con una altura de más de cuatro metros. El abrevadero o pililla, una cementera cubierta de vincas, los lentiscos, coscojas y la vinca se han apoderado de la frescura de sus aguas. Unas plantaciones de encinas en medio de las laderas, los protectores de color blanco, resaltan en la frondosidad. Encinas que, de nuevo, ocupan el espacio perdido, el que el hombre le arrebató con su desmonte. Cada año se repite la misma historia. Sin pedir cita, unos cobardes, sin escrúpulos, prenden la mecha. Unas manos están detrás de cada acción para acabar con la vida de estos parajes. Muy cerca de la cima del “Cerro Monigotes”, a mi derecha, la “Cañada del Ahorcado”, cubierta por un matorral tupido de espartales; el espino negro, el romero, las aulagas, la retama estrellada y algunos pinos. Todo quedó carbonizado por las llamas en la última hazaña del verano del 2020. En la cumbre, a 425 metros sobre el nivel del mar, el segundo punto más elevado del término. Hay una torre metálica que alcanza veinte metros de altura. Dónde los agentes forestales vigilaban y controlaban los incendios en verano. Desde arriba, alcanzando una panorámica de 360º en medio de Andalucía. Cuatro provincias se divisan en el horizonte, en los días despejados: al Norte la campiña cordobesa, al Este, Sierra Nevada de Granada, al Sur, la Cordillera Antequerana de Málaga, al Oeste la campiña alta sevillana. En este punto encuentro paz y libertad, observando el vuelo del águila perdicera, los cernícalos, los cuervos y los vencejos… Me bajo de mi nube voladora para mirar el “Cerro del Viento”, dónde en tiempos pasados se encontraba el cortijo “San Marcos”. Dicen que “¿era un sanatorio para curar a las personas con problemas asmáticos y de tuberculosis?” Hoy en su lugar se encuentra una balsa, vallada y un seto de tuya piramidal, embalsando el agua del Genil, para regar los olivos de la finca “Burraco”. Bajo de la torre y seguimos caminando. La alambrada de púas está presente. Alambradas para prohibir el paso, una trampa para los animales y los perros de caza son las víctimas más frecuentes cuando corren tras la presa. No hay legalmente una prohibición a su colocación… Se queda a mi izquierda, paralela al carril de servicio. A la derecha, un pinar alineado como soldados, los que me acompañaran en lo que queda de ruta. Bajo los pinos, un suelo estéril y cubierto de las hojas alargadas como agujas, unas hojas que tardan en convertirse en materia orgánica. Sus copas frondosas forman un techo y no dejan pasar los rayos del sol. Las plantas no nacen y todo muere a la sombra tupida de los pinos carrascos. Vamos bajando rodeados del pinar, la alambrada sigue su cometido: ir marcando la linde, por el “Hoyón”, el arroyo “Pedro”, el arroyo “Povedano” y morir en la cancela. Hay restos de barbacoas a los lados del camino. Algunas familias acostumbran los domingos a disfrutar de este paraje. Hay muchos vecinos que por motivos físicos o por desconocimiento no lo han pisado en su vida. Hay tanta belleza paisajística y riqueza en flora y fauna que merece la pena hacer un hueco un día y aprovechar la oportunidad que la naturaleza nos ha regalado. El recorrido va llegando a su fase final. Solo me queda pasar junto a “La Cabreriza”. Como su nombre dice, un cortijo con unos corrales inmensos para el ganado lanar y cabrío. Recuerdo de niño ver el rebaño de ovejas pastando y el pastor con su perro guiándolas. Una familia del pueblo vivía allí. La mujer tenía como apodo “La Crista”. Unos caseros que pasaron por la finca hace más de cuarenta años. Los últimos dueños se dedicaron a la ganadería caballar. La primera dehesa del término, el primer desmonte para el ganado en la cara norte de nuestros parajes. Hoy, la cabreriza son unas ruinas más. Solo van quedando las paredes y los corrales, todo destrozado por el hombre y el abandono. Hay unas colmenas a su lado. Las abejas son las dueñas, las encargadas de vigilar y polinizar cada flor de los alrededores del cortijo “La Cabreriza” o “Dehesa de Pedernale”, en la cara Norte del término….
De paso por la vida.
martes, 19 de enero de 2021
Los gigantes del río
Los gigantes del río crecieron en la margen izquierda de la orilla junto a la ribera del soto y las huertas. En el silencio de la noche se escuchaba el gorgoteo de la fuerza de las aguas golpeando en las piedras y las ramas de la arboleda. La luna los acunaba y la noria volteaba las aguas del Genil. Los postigos de los patios de la calle principal cada mañana los abrían sus vecinos dando los buenos días. Estos gigantes del río no eran inventados de un cuento, ni dioses de la mitología griega. Una alameda de eucaliptos, formada por más de sesenta, mal colocados como soldados que perdieron la guerra. La alameda de eucaliptos, los que vieron nacer y crecer a tantos badolatoseños. Los niños del pueblo de varias generaciones han jugado a los escondites, las carreras... los saltos y resbalones en el suelo con las semillas o balines, que caían de sus ramas, los que utilizaban para lanzarlos con un tubo de caña de cerbatana. Los partidos de fútbol, los regateos, por medio de los viejos troncos y las apuestas a ver quien subía más alto de sus ramas.
Los gigantes del río sobresalían por los tejados de las casas de tres plantas, los troncos robustos y fuertes, brazos enormes sus ramas. Sus copas, cuando el viento soplaba, se balanceaban igual que las olas del mar enfurecidas. El crujir de sus ramajes parecía las maderas de un barco a punto de desgajar. Los muchachones enamorados, con navajas afiladas o trozos cortantes, en sus cortezas las clavaban y grababan sus nombres, enmarcándolos con un corazón, testigo de un gran amor. Los gorriones entraban y salían a la alameda con su gorjeo y cortejo, peleando por los viejos nidos. Cuando la tarde se echaba y el sol se perdía por el horizonte, en la orilla, se posaban tranquilos para beber. Los gigantes del río los esperaban, como cada noche, para darles cobijo. Los hortelanos, los más madrugadores, llegaban de las huertas con la carga de hortalizas y frutas de la temporada. En la plaza de abastos del pueblo colocaban su mercancía en sus puestos, y a los animales los amarraban en la alameda de eucaliptos. Entre burros y burras era un rebuznar, tirando los tejos y protestando: “¡Yo la vi primero!”. Los que no estaban castrados sacaban los dientes y su arma más letal… Antes de que entrara el verano el herrero y el esquilador se pasaban por la alameda de los gigantes del río con sus herramientas preparadas en un canastillo. Un tronco cortado, a un metro de altura, lo tenían preparado con el yunque, donde martilleaban con el mazo de hierro, una y otra vez, para enderezar las herraduras. Los mulos, caballos y los borriquillos en fila, todos con el cabestro bien sujeto, para dejarlos en perfecto estado, de herraje y pelaje. Los dueños de los animales y paisanos se arremolinaban hablando todos a la vez y todos entendedores de los oficios. Un pueblo que miraba y contemplaba las alturas de sus crestas, juntándose con el cielo, acariciando la brisa. Sus sombras alargadas adulaban las aguas del río Genil. Las malvas, los cardos borriqueros, las margaritas... crecían con fuerza bajo el sombreado, buscando los rayos del sol. Los esparteros colocaban sus caballetes y su rueda de hilar, la que no paraba de dar vueltas y los hilos se trenzaban, formando una cuerda tan larga como la sombra de los gigantes del río. En los días antes de feria, los del circo montaban su carpa bajo su ramaje, aprovechado cada palmo del espacio de los eucaliptos. Los zagalones, en las noches que proyectaban una película en el cine de verano, se subían en sus ramas para no pagar la entrada. Con las posturas incómodas y las hojas por medio empezaba el Nodo. Esta noche verían El Gordo y El Flaco. Las parejas aprovechaban la noche y se perdían en la oscuridad. La alameda de eucaliptos era una oportunidad para robar unos besos, unas caricias y acalorados dejarse llevar por la locura. Unos gigantes que vieron las aguas del Genil, de color chocolate, desbordarse en más de una ocasión, cubriendo sus troncos y regando las calles de la villa; sus ramas blancas de las grandes nevadas, los años lluviosos y secos… Unos gigantes que vivieron las penas y las alegrías de un pueblo, un pueblo humilde y trabajador; buscándose la vida con la agricultura, la ganadería, el esparto, la alcaparra, la leña de sus montes, de su río, la pesca… Unas tierras rodeadas de agua y siempre... pobres.
Una cultura de espaldas a su río. Llegó el progreso y una mañana temprano los gorriones revoloteaban con miedo. Estaban anunciando una tragedia. Hombres con hachas, hocinos, motosierras… Sus caras no eran de alegría. La tristeza se reflejaba en sus rostros, unos trabajadores mandados a derribar los gigantes del río. Unas manos sin cabeza y las herramientas bien afiladas. Fueron cayendo uno a uno, empezando por sus copas. Las ramas mutiladas caían al suelo. Los troncos como una torre se desplomaban a trozos, la savia corría y se desangraban.
Los gigantes del río tenían vida. Los de las sombras alargadas, los que daban cobijo a tantas aves, los que vieron nacer y morir a sus lugareños, al escuchar doblar las campanas.
En las ferias, las varillas de los cohetes les caían, el ruido de los cacharritos, la música de las orquestas…
El progreso los había condenado a muerte, por el hacha afilada. Todo el pueblo los miraba derrumbarse, los nudos en la garganta y las lágrimas se escapaban.
Una parte de nuestra historia la estábamos masacrando, y todos nos sentíamos culpables. La enramada quemada, la madera vendida y las raíces se quedaron bajo tierra. Las raíces de los gigantes del río, hoy cubiertas de losas de terrazo y el asfalto del Paseo Pablo Iglesias.
De paso por la vida.
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